Aníbal Troilo "Pichuco": la voz del bandoneón en las noches de la calle Corrientes

 

Si existe una figura humana y artística que encarne el alma sensitiva, la nobleza afectiva y el sentimiento más puro de la ciudad de Buenos Aires, esa es la de Aníbal Troilo, cariñosamente inmortalizado por su pueblo con el apodo de "Pichuco". Bandoneonista excelso, compositor de melodías inmortales y director de una de las orquestas típicas más fundamentales de la era dorada del tango, Troilo hizo de la mítica calle Corrientes, de sus cabarets, teatros y cafés trasnochados el centro geopolítico de su vida y de su deslumbrante carrera musical durante más de cuatro décadas.

Nacido en el barrio de Balvanera en 1914, Pichuco tuvo desde su más temprana juventud una relación mística y casi religiosa con el bandoneón. Para Troilo, el instrumento de fuelle no era una simple herramienta técnica, sino una extensión directa de su propio corazón y de su respiración. Cuando Troilo tocaba el bandoneón en los escenarios del centro porteño, con los ojos cerrados, la cabeza inclinada y el cuerpo meciéndose suavemente al compás del ritmo tanguero, la ciudad entera parecía hacer silencio para escuchar el lamento dulce, profundo y melancólico que brotaba de sus fuelles. Esa imagen inmortal se convirtió en el símbolo definitivo de la sensibilidad porteña.

La calle Corrientes durante los años cuarenta y cincuenta fue el imperio indiscutido de la Orquesta Típica de Aníbal Troilo. En escenarios legendarios como el Cabaret Marabú, el Café Tibidabo, el Germinal o el Teatro Astral, la orquesta de Pichuco convocaba noche tras noche a multitudes de milongueros, intelectuales, noctámbulos y poéticos de la ciudad. Troilo poseía un olfato infalible para seleccionar a los mejores instrumentistas y arregladores —entre ellos a un jovencísimo Ástor Piazzolla— y a los cantores más extraordinarios de la historia del género, como Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero y el mítico Roberto Goyeneche, con quien tejió una amistad afectiva y artística que rozó la leyenda urbana.

Como compositor, la contribución de Aníbal Troilo al patrimonio cultural argentino es de un valor incalculable. Melodías inmortales como "Sur" (con letra inolvidable de Homero Manzi), "Che bandoneón", "La última curda" (con letra de Culo Castillo), "Responso", "Garúa" o "Barrio de barro" son auténticas catedrales de la emoción porteña. Las composiciones de Troilo retratan con una piedad y un lirismo infinitos las esquinas oscuras, las madrugadas solitarias, los amigos que se han ido, el amor perdido y la nostalgia del tiempo que pasa inexorablemente sobre los adoquines de la Capital Federal.

La generosidad sin límites, la calidez humana y la devoción incondicional de Pichuco por su ciudad convirtieron a su figura en objeto de una veneración popular casi mítica. Cuando Aníbal Troilo falleció en mayo de 1975, el pueblo de Buenos Aires volcó masivamente sus lágrimas a las calles para despedir al hombre que había sabido expresar como nadie las alegrías y las tristezas de la condición porteña. La voz de su bandoneón sigue resonando en cada rincón de la calle Corrientes, recordando la época dorada en que un hombre noble y bueno le dio alma y sonido definitivo al tango de la gran metrópoli.