Pasaje Barolo: La Joya Arquitectónica inspirada en la Divina Comedia
Por la Redacción de Radio Asamblea
En pleno corazón de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, sobre la emblemática Avenida de Mayo al 1300, se alza un gigante de hormigón que desafía los límites entre la arquitectura, la literatura y el misticismo. Inaugurado en 1923, el Palacio Barolo —conocido popularmente como Pasaje Barolo— no es solo un hito urbanístico sin precedentes, sino también un monumento conceptual que plasma en tres dimensiones una de las obras cumbres de la literatura universal: la Divina Comedia de Dante Alighieri.
Nacido de la alianza entre dos visionarios italianos radicados en Argentina, el próspero empresario textil Luis Barolo y el talentoso arquitecto Mario Palanti, el edificio fue concebido en un contexto de entreguerras. Ante la posibilidad latente de que Europa sufriera una destrucción masiva que acabara con su legado cultural, ambos decidieron construir un santuario que pudiera albergar las cenizas del célebre poeta italiano Dante Alighieri. Aunque el traslado de los restos nunca se concretó, el edificio quedó para la historia como un templo secular dedicado al genio literario.
La estructura del Palacio Barolo alcanza los cien metros de altura, número que responde de forma matemática a los cien cantos de la obra dantesca. Cada tramo de la construcción está dividido rigurosamente en tres secciones principales que representan el tránsito del alma a través de los tres reinos del más allá: el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso.
Los pisos inferiores y la pasarela del pasaje representan el Infierno. Al ingresar por el portal principal sobre la Avenida de Mayo, el visitante se encuentra con una profusión de bóvedas, esculturas de criaturas marinas, dragones y detalles en bronce que simbolizan las sombras y las pasiones del abismo. Las luminarias y la ornamentación están diseñadas para transmitir la opresión del inframundo, guiando el recorrido hacia el centro de la galería comercial que conecta la avenida con la calle Hipólito Yrigoyen.
A medida que se asciende desde el piso uno hasta el catorce, se transita por el Purgatorio. En este sector, los elementos ornamentales se vuelven paulatinamente más sobrios, luminosos y pulidos. Las ventanas permiten una mayor entrada de luz natural, simbolizando la purificación de las almas y la ascensión gradual hacia la redención. La distribución de las oficinas y los pasillos respeta una métrica rigurosa donde cada piso alude a un nivel de purificación espiritual.
Finalmente, desde el piso catorce hasta el veintidós, se despliega el Paraíso. En la cima de esta cúspide arquitectónica se sitúa el gran faro giratorio de 300.000 bujías, el cual representaba en la época la luz divina y la gloria absoluta. Desde esta bóveda vidriada de estilo neogótico e influencias del arte islámico y el art nouveau, se obtiene una vista panorámica de 360 grados de toda la Ciudad de Buenos Aires, permitiendo divisar en días despejados la costa uruguaya, conectando simbólicamente a Buenos Aires con su gemelo montevideano, el Palacio Salvo, también diseñado por Palanti.
El Palacio Barolo es una obra maestra del eclecticismo que combina técnicas pioneras para la época, como el uso integral del hormigón armado, con una simbología masónica y esotérica fascinante. Hoy en día, convertido en un punto de referencia patrimonial y turístico indispensable de la capital argentina, el pasaje sigue deslumbrando a caminantes y amantes de la cultura, recordando que la arquitectura puede ser, también, una sublime forma de poesía.
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