Parque Chas: El laberinto urbano y sus calles circulares
En el cuadrante noroeste de la Capital Federal existe un territorio urbano que desafía la lógica cartesiana de la grilla española y ha alcanzado un estatus casi mítico en la literatura, la cartografía y el folclore porteño: el barrio de Parque Chas. Famoso por su trazado concéntrico y sinuoso que ha desorientado a taxistas, carteros y visitantes durante generaciones, este pequeño barrio es el único de la ciudad cuya fisonomía responde al diseño de una "ciudad jardín" de inspiración británica adaptada a la escala local.
El origen de esta geografía insular se remonta a la década de 1920. Los terrenos, que pertenecían a la familia Chas, fueron loteados siguiendo el proyecto urbanístico del arquitecto e ingeniero Armando Frezzini. Aprobado en 1925, el plano rompió intencionalmente con la tradicional cuadrícula de manzanas cuadradas de cien metros por lado, proponiendo en su lugar una serie de tres calles circulares concéntricas —las avenidas Ávalos, Bauness y Gandara— interceptadas por pequeñas diagonales y cortadas que convergen en un centro común: la pequeña Plaza Trébol o Plaza Éxodo Jujeño.
Entrar a Parque Chas es adentrarse en una especie de laberinto de Borges materializado en ladrillo, baldosas y vegetación. Calles como Ginebra, Berna, Hamburgo, Londres, Dublín o Turín se curvan sobre sí mismas de manera impredecible. Es absolutamente habitual que un transeúnte que camina en lo que cree ser una línea recta termine desembocando en la misma esquina de la que partió diez minutos antes, o que descubra que una calle cambia de nombre tras cruzar una intersección mínima. Esta particularidad geométrica generó el famoso mito urbano que afirma que "el que entra a Parque Chas no sale nunca", una leyenda alimentada con maestría por el escritor Alejandro Dolina en sus relatos sobre las misteriosas propiedades del barrio donde el tiempo y el espacio parecen doblarse.
Más allá de su leyenda de extravío, Parque Chas ofrece una calidad de vida urbana envidiable que resiste el vértigo de la metrópoli. Al estar protegido del tráfico de paso rápido por su propia morfología disuasoria, el barrio goza de una serenidad acústica asombrosa. Sus calles están flanqueadas por casas bajas unifamiliares con jardines delanteros, fachadas de estilo art decó, chaletcitos de los años cuarenta y "casas chorizo" impecablemente preservadas. Los vecinos mantienen la costumbre de sacar sus sillas a la vereda al atardecer para conversar, los niños juegan en las calles sin peligro de automóviles a gran velocidad y la arboleda tupida de fresnos y plátanos aporta una sombra fresca permanente durante los veranos.
El corazón social del barrio late en sus clubes de barrio, como el Club Parque Chas, y en sus pequeñas esquinas donde aún sobreviven almacenes de barrio con mostradores de madera y atención personalizada. Parque Chas es la demostración perfecta de cómo una audaz desviación de la norma urbanística tradicional puede crear un microbarrio con una identidad colectiva inquebrantable, un lugar donde el acto de perderse no es un problema geográfico, sino una invitación poética a descubrir la dimensión más humana y apacible de Buenos Aires.
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