PINOCHO: EL CLUB DE VILLA URQUIZA QUE NACIÓ DE UNA IDEA DE CHICOS Y TERMINÓ CONSTRUYENDO UNA HISTORIA DE CIUDAD

 

Hay historias de clubes que comienzan con grandes dirigentes, empresarios o instituciones poderosas. Y hay otras que empiezan de una manera mucho más sencilla: un grupo de chicos, una idea y las ganas de hacer algo juntos. La historia del Club Pinocho, en Villa Urquiza, pertenece a esa segunda categoría.

El club fue fundado en 1925 y su origen tiene una particularidad que parece salida de un relato infantil. Félix Zugasti, que tenía apenas 16 años, reunió a un grupo de chicos y les propuso crear una institución inspirada en el personaje Pinocho. La idea surgía de una revista española y de una propuesta que invitaba a fundar clubes con ese nombre en distintas ciudades de habla hispana.

Puede parecer un detalle menor, pero en realidad dice muchísimo sobre la relación entre los clubes de barrio y la imaginación. Antes de convertirse en edificios, canchas, gimnasios y salones, muchos clubes fueron simplemente una idea.

Un grupo de personas pensando que necesitaba un lugar propio.

Villa Urquiza, como tantos barrios porteños, fue construyendo buena parte de su identidad alrededor de instituciones de este tipo. Durante las primeras décadas del siglo XX, Buenos Aires asistía a una transformación profunda. La expansión urbana hacía que los barrios adquirieran cada vez más importancia y que sus habitantes necesitaran espacios donde encontrarse.

Los clubes aparecieron como una respuesta natural a esa necesidad.

No eran solamente lugares para hacer deporte. Eran espacios donde los vecinos podían reconocerse como parte de una comunidad. El fútbol, el básquet, las fiestas, los bailes, las reuniones y las actividades culturales formaban parte de una misma vida social.

Pinocho atravesó ese proceso desde una característica muy particular: su nombre.

En una ciudad acostumbrada a bautizar instituciones con nombres de próceres, fechas patrias, ciudades europeas o referencias religiosas, elegir “Pinocho” tenía algo diferente. Era un nombre popular, cercano, casi juguetón. Y quizás esa identidad terminó ayudando a construir una institución reconocible dentro de Villa Urquiza.

La historia de Pinocho también permite observar cómo fueron cambiando los clubes porteños. En sus primeros años, como sucedía con muchas instituciones, el deporte convivía con actividades sociales. El club era un lugar donde se podía jugar, pero también reunirse.

Con el paso de las décadas, las disciplinas deportivas fueron adquiriendo mayor protagonismo. Y Pinocho terminaría convirtiéndose en una institución especialmente reconocida por su actividad deportiva, particularmente por el futsal.

Pero antes de los títulos, las competencias y los grandes jugadores existió algo mucho más elemental: el barrio.

Un chico que entra por primera vez a un club no piensa en la historia de la institución. No piensa en la cantidad de años que tiene. No piensa en quiénes fueron sus fundadores. Entra porque un amigo juega ahí, porque sus padres lo llevan o porque quiere hacer una actividad.

Años después, ese mismo chico puede convertirse en entrenador, dirigente, padre de otro chico que juega allí o simplemente en un socio que sigue pasando por la puerta.

Así se construye la historia real de un club.

No solamente con trofeos, sino con generaciones.

Los clubes de barrio cumplen una función que muchas veces resulta difícil de medir estadísticamente. Son espacios de socialización. Enseñan reglas, disciplina, convivencia y pertenencia. Pero también funcionan como refugios frente a una ciudad que puede resultar impersonal.

En una gran metrópolis, el barrio permite recuperar cierta escala humana. Y el club es uno de los lugares donde esa escala se vuelve concreta.

Pinocho nació hace más de un siglo, cuando Villa Urquiza era muy distinta de la actual. No existían los niveles de circulación vehicular de hoy, no había teléfonos celulares ni redes sociales y la oferta de entretenimiento era completamente diferente.

Sin embargo, una necesidad permanecía intacta: encontrarse.

El club resolvía esa necesidad.

Durante décadas, sus instalaciones fueron escenario de partidos, entrenamientos, reuniones y encuentros. Cada actividad dejó sus propias historias. Algunos nombres quedaron registrados en documentos. Otros sobrevivieron solamente en la memoria de quienes estuvieron allí.

Esa memoria es una de las grandes riquezas de los clubes.

Porque el archivo oficial puede decir cuándo se fundó una institución, quién fue su primer presidente o qué campeonato ganó. Pero solamente los vecinos pueden contar cómo era una tarde cualquiera en el club.

Pueden recordar el olor del gimnasio, el ruido de las pelotas, las discusiones de los padres, los entrenadores que marcaron generaciones, las fiestas, los bailes y aquellas personas que parecían estar siempre ahí.

Eso también es historia.

Pinocho representa, además, una idea profundamente porteña: la capacidad de transformar una esquina del barrio en un mundo propio.

Buenos Aires tiene cientos de clubes y asociaciones. El Gobierno porteño mantiene un registro de estas instituciones porque forman parte de la estructura deportiva y social de la ciudad.

Pero las estadísticas no alcanzan para explicar por qué un club puede sobrevivir durante cien años.

La explicación probablemente esté en algo menos cuantificable: el afecto.

Nadie sostiene durante décadas una institución solamente porque sea conveniente. La sostiene porque siente que forma parte de su propia historia.

Eso explica por qué los clubes de barrio pueden atravesar crisis económicas, cambios urbanos y transformaciones sociales sin desaparecer.

Pinocho nació de una ocurrencia de un adolescente y de un grupo de chicos. Esa imagen resulta poderosa porque recuerda que las grandes instituciones no siempre nacen de grandes planes.

A veces nacen de algo mucho más sencillo.

Un grupo de personas que decide juntarse.

Y después vienen los años.

Los chicos crecen, los dirigentes cambian, los entrenadores se van, aparecen nuevas generaciones y el edificio se transforma. Pero la idea original permanece.

Un lugar propio.

Un lugar donde el barrio pueda encontrarse.

Un lugar donde un chico pueda entrar sin saber que está empezando a formar parte de una historia que, probablemente, algún día también será suya.