Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota: las primeras misas en recintos de la capital

 

La historia de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota es la épica del fenómeno independiente más grande, influyente y multitudinario de la música argentina, y el proceso que llevó a la banda desde sus orígenes bohemios en La Plata hasta su consagración absoluta en la Capital Federal constituye una gesta cultural sin equivalentes. A finales de la década de 1970 y comienzos de los ochenta, el colectivo artístico liderado por el Indio Solari, Skay Beilinson y la mística mánager Carmen "La Negra" Poli comenzó a realizar sus primeras incursiones continentales en recintos de la ciudad de Buenos Aires, sembrando la semilla de lo que muy pronto se transformaría en el ritual sociocultural conocido universalmente como "las misas ricoteras".

El desembarco de los Redondos en la Capital Federal no se produjo a través de los canales comerciales tradicionales ni mediante grandes campañas de difusión publicitaria, sino a través del boca a boca, la distribución autogestionada de casetes y la volanteada artesanal por las calles porteñas. Los primeros recintos que acogieron la propuesta multidisciplinaria de la banda —que en sus inicios incluía performances teatrales, repartos de buñuelos de ricota, monólogos y danzas— fueron salas pequeñas e icónicas del circuito alternativo como el Centro Parakultural en San Telmo, el Teatro Margarita Xirgu, el Stud Free Pub y la discoteca Cemento en la zona de Montserrat. En esos espacios reducidos, la atmósfera que se respiraba era de una intensidad casi mística, donde un público cada vez más numeroso y fiel comulgaba con la poesía enigmática del Indio Solari y los riffs de guitarra hipnóticos de Skay.

El lanzamiento independiente de su álbum debut Gulp! en 1985 y el posterior Oktubre en 1986 —obra cumbre del rock nacional con su inolvidable arte de tapa diseñado por Rocambole— terminaron de desatar la locura ricotera en los barrios de la ciudad. Los conciertos de la banda debieron trasladarse a salas de mayor capacidad, como el mítico Estadio Obras Sanitarias en Núñez o el Teatro Bambalinas en el centro, marcando el inicio de una escalada de convocatoria inédita. Para la juventud golpeada por la crisis económica, la hiperinflación y las promesas incumplidas de la época, las canciones de Patricio Rey funcionaban como una radiografía precisa, oscura y poética de la realidad, ofreciendo un refugio identitario y un sentido de pertenencia inquebrantable.

La dinámica de los shows de los Redondos en la Capital Federal transformó para siempre la cultura del público de rock en la Argentina. Las banderas artesanales pintadas en los barrios, los cantos de cancha adaptados a las melodías de la banda, las largas peregrinaciones desde todos los rincones del conurbano y la lealtad absoluta hacia un proyecto que rechazaba rotundamente la publicidad corporativa y la exposición televisiva convirtieron a cada show en una experiencia transformadora. La ciudad de Buenos Aires fue el escenario donde esa comunión única entre banda y público alcanzó niveles de fervor casi religiosos, desbordando los recintos cerrados y obligando a la agrupación a realizar sus míticas presentaciones finales en estadios de fútbol como Huracán y River Plate.

El legado de las primeras misas ricoteras en los recintos porteños permanece como el testimonio de una época en que la independencia artística, la autogestión estricta y la fidelidad incondicional a una poética lograron vencer todas las reglas del mercado discográfico. La huella de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota está impresa en el cemento de los viejos teatros y estadios de la ciudad, recordando el poder indestructible de la música cuando nace del corazón del pueblo.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota: las primeras misas en recintos de la capital

 

La historia de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota es la épica del fenómeno independiente más grande, influyente y multitudinario de la música argentina, y el proceso que llevó a la banda desde sus orígenes bohemios en La Plata hasta su consagración absoluta en la Capital Federal constituye una gesta cultural sin equivalentes. A finales de la década de 1970 y comienzos de los ochenta, el colectivo artístico liderado por el Indio Solari, Skay Beilinson y la mística mánager Carmen "La Negra" Poli comenzó a realizar sus primeras incursiones continentales en recintos de la ciudad de Buenos Aires, sembrando la semilla de lo que muy pronto se transformaría en el ritual sociocultural conocido universalmente como "las misas ricoteras".

El desembarco de los Redondos en la Capital Federal no se produjo a través de los canales comerciales tradicionales ni mediante grandes campañas de difusión publicitaria, sino a través del boca a boca, la distribución autogestionada de casetes y la volanteada artesanal por las calles porteñas. Los primeros recintos que acogieron la propuesta multidisciplinaria de la banda —que en sus inicios incluía performances teatrales, repartos de buñuelos de ricota, monólogos y danzas— fueron salas pequeñas e icónicas del circuito alternativo como el Centro Parakultural en San Telmo, el Teatro Margarita Xirgu, el Stud Free Pub y la discoteca Cemento en la zona de Montserrat. En esos espacios reducidos, la atmósfera que se respiraba era de una intensidad casi mística, donde un público cada vez más numeroso y fiel comulgaba con la poesía enigmática del Indio Solari y los riffs de guitarra hipnóticos de Skay.

El lanzamiento independiente de su álbum debut Gulp! en 1985 y el posterior Oktubre en 1986 —obra cumbre del rock nacional con su inolvidable arte de tapa diseñado por Rocambole— terminaron de desatar la locura ricotera en los barrios de la ciudad. Los conciertos de la banda debieron trasladarse a salas de mayor capacidad, como el mítico Estadio Obras Sanitarias en Núñez o el Teatro Bambalinas en el centro, marcando el inicio de una escalada de convocatoria inédita. Para la juventud golpeada por la crisis económica, la hiperinflación y las promesas incumplidas de la época, las canciones de Patricio Rey funcionaban como una radiografía precisa, oscura y poética de la realidad, ofreciendo un refugio identitario y un sentido de pertenencia inquebrantable.

La dinámica de los shows de los Redondos en la Capital Federal transformó para siempre la cultura del público de rock en la Argentina. Las banderas artesanales pintadas en los barrios, los cantos de cancha adaptados a las melodías de la banda, las largas peregrinaciones desde todos los rincones del conurbano y la lealtad absoluta hacia un proyecto que rechazaba rotundamente la publicidad corporativa y la exposición televisiva convirtieron a cada show en una experiencia transformadora. La ciudad de Buenos Aires fue el escenario donde esa comunión única entre banda y público alcanzó niveles de fervor casi religiosos, desbordando los recintos cerrados y obligando a la agrupación a realizar sus míticas presentaciones finales en estadios de fútbol como Huracán y River Plate.

El legado de las primeras misas ricoteras en los recintos porteños permanece como el testimonio de una época en que la independencia artística, la autogestión estricta y la fidelidad incondicional a una poética lograron vencer todas las reglas del mercado discográfico. La huella de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota está impresa en el cemento de los viejos teatros y estadios de la ciudad, recordando el poder indestructible de la música cuando nace del corazón del pueblo.