Librerías emblemáticas – El Ateneo Grand Splendid y las librerías de viejo en Av. Corrientes
La Ciudad de Buenos Aires ostenta el orgulloso título internacional de ser la metrópoli con la mayor cantidad de librerías por habitante del planeta, una distinción que refleja la profunda tradición lectora, la pasión bibliófila y la intensa vida intelectual de sus ciudadanos. La experiencia de recorrer el circuito librero porteño abarca dos universos estéticos y conceptuales fascinantes: por un lado, la monumentalidad arquitectónica de palacios culturales reconvertidos en santuarios del libro comercial, cuyo exponente absoluto es El Ateneo Grand Splendid; por el otro, la atmósfera nostálgica, densa y acumulativa de las míticas librerías de viejo y de uso que bordean la Avenida Corrientes.
Ubicada en la Avenida Santa Fe al 1800, en el aristocrático barrio de Recoleta, El Ateneo Grand Splendid está considerada por publicaciones internacionales como una de las librerías más bellas de todo el mundo. El edificio, diseñado por los arquitectos Peró y Torres Armengol e inaugurado en 1919 como el teatro Grand Splendid, conserva intacta la espléndida opulencia de la arquitectura de la belle époque. Al cruzar sus puertas, el visitante ingresa a una nave teatral monumental donde las filas de butacas originales han sido reemplazadas por ordenadas islas de exhibición de libros. Las barandas de los palcos de mampostería dorada, los tallados de yeso blanco y los pesados cortinados de terciopelo rojo del escenario marco original permanecen en perfecto estado de conservación.
El elemento dominante de la composición espacial de El Ateneo Grand Splendid es la imponente cúpula pintada al óleo en 1919 por el artista italiano Nazareno Orlandi. La pintura representa una alegoría de la paz celebrada al finalizar la Primera Guerra Mundial, con figuras místicas, nubes vaporosas y guirnaldas de flores que parecen flotar sobre los miles de volúmenes exhibidos en los tres niveles de palcos. El escenario del antiguo teatro, donde cantaron leyendas como Carlos Gardel e Ignacio Corsini, funciona hoy como un elegante café literario donde los lectores pueden sentarse a hojear un libro mientras disfrutan del aroma del café recién molido, bajo la majestuosa embocadura del escenario adornada con bajorrelieves dorados.
En marcado contraste con la majestuosidad palaciega de El Ateneo, la Avenida Corrientes —especialmente en el tramo comprendido entre la Avenida Callao y la calle Esmeralda— despliega la red de librerías de viejo, de uso y de saldo más famosa de América Latina. Librerías legendarias como Hernández, Zivals, Losada, El Tomo Tercero o Cúspide conviven con pequeños locales independientes de fachada angosta y estanterías de madera de piso a techo que crujen bajo el peso de miles de tomos descatalogados, primeras ediciones raras, cómics antiguos, revistas de época y ensayos filosóficos fuera de imprenta.
La gráfica visual de las librerías de viejo de la Avenida Corrientes se caracteriza por el aparente caos ordenado de la acumulación. Mesas de madera dispuestas sobre la vereda bajo las luces de neón exhiben cerros de libros de oferta con precios anotados a mano en cartones fosforescentes. En el interior de los locales, el aire huele a papel añejo, tinta seca y polvo de encuadernación. Los libreros, auténticos sabios de la memoria bibliográfica porteña, atienden detrás de mostradores de roble flanqueados por columnas inestables de volúmenes amarilleados. Estas librerías, que permanecen abiertas hasta bien entrada la madrugada coincidiendo con la salida de los teatros cercanos, son el refugio inagotable de estudiantes, colectores, pensadores y noctámbulos que buscan perderse en la magia del papel impreso.
Librerías emblemáticas – El Ateneo Grand Splendid y las librerías de viejo en Av. Corrientes
La Ciudad de Buenos Aires ostenta el orgulloso título internacional de ser la metrópoli con la mayor cantidad de librerías por habitante del planeta, una distinción que refleja la profunda tradición lectora, la pasión bibliófila y la intensa vida intelectual de sus ciudadanos. La experiencia de recorrer el circuito librero porteño abarca dos universos estéticos y conceptuales fascinantes: por un lado, la monumentalidad arquitectónica de palacios culturales reconvertidos en santuarios del libro comercial, cuyo exponente absoluto es El Ateneo Grand Splendid; por el otro, la atmósfera nostálgica, densa y acumulativa de las míticas librerías de viejo y de uso que bordean la Avenida Corrientes.
Ubicada en la Avenida Santa Fe al 1800, en el aristocrático barrio de Recoleta, El Ateneo Grand Splendid está considerada por publicaciones internacionales como una de las librerías más bellas de todo el mundo. El edificio, diseñado por los arquitectos Peró y Torres Armengol e inaugurado en 1919 como el teatro Grand Splendid, conserva intacta la espléndida opulencia de la arquitectura de la belle époque. Al cruzar sus puertas, el visitante ingresa a una nave teatral monumental donde las filas de butacas originales han sido reemplazadas por ordenadas islas de exhibición de libros. Las barandas de los palcos de mampostería dorada, los tallados de yeso blanco y los pesados cortinados de terciopelo rojo del escenario marco original permanecen en perfecto estado de conservación.
El elemento dominante de la composición espacial de El Ateneo Grand Splendid es la imponente cúpula pintada al óleo en 1919 por el artista italiano Nazareno Orlandi. La pintura representa una alegoría de la paz celebrada al finalizar la Primera Guerra Mundial, con figuras místicas, nubes vaporosas y guirnaldas de flores que parecen flotar sobre los miles de volúmenes exhibidos en los tres niveles de palcos. El escenario del antiguo teatro, donde cantaron leyendas como Carlos Gardel e Ignacio Corsini, funciona hoy como un elegante café literario donde los lectores pueden sentarse a hojear un libro mientras disfrutan del aroma del café recién molido, bajo la majestuosa embocadura del escenario adornada con bajorrelieves dorados.
En marcado contraste con la majestuosidad palaciega de El Ateneo, la Avenida Corrientes —especialmente en el tramo comprendido entre la Avenida Callao y la calle Esmeralda— despliega la red de librerías de viejo, de uso y de saldo más famosa de América Latina. Librerías legendarias como Hernández, Zivals, Losada, El Tomo Tercero o Cúspide conviven con pequeños locales independientes de fachada angosta y estanterías de madera de piso a techo que crujen bajo el peso de miles de tomos descatalogados, primeras ediciones raras, cómics antiguos, revistas de época y ensayos filosóficos fuera de imprenta.
La gráfica visual de las librerías de viejo de la Avenida Corrientes se caracteriza por el aparente caos ordenado de la acumulación. Mesas de madera dispuestas sobre la vereda bajo las luces de neón exhiben cerros de libros de oferta con precios anotados a mano en cartones fosforescentes. En el interior de los locales, el aire huele a papel añejo, tinta seca y polvo de encuadernación. Los libreros, auténticos sabios de la memoria bibliográfica porteña, atienden detrás de mostradores de roble flanqueados por columnas inestables de volúmenes amarilleados. Estas librerías, que permanecen abiertas hasta bien entrada la madrugada coincidiendo con la salida de los teatros cercanos, son el refugio inagotable de estudiantes, colectores, pensadores y noctámbulos que buscan perderse en la magia del papel impreso.
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