Miguel Abuelo y Los Abuelos de la Nada en las plazas y pensiones porteñas
La figura de Miguel Ángel Peralta, conocido inmortalmente como Miguel Abuelo, encarna como ninguna otra la esencia del poeta libertario, el juglar cósmico y el bohemio absoluto que recorrió las calles de Buenos Aires dejando una estela indeleble de arte y vanguardia. A finales de la década de 1960, en los albores del rock nacional, Miguel Abuelo hizo de las plazas públicas, las pensiones de estudiantes y los cafés del centro porteño sus verdaderos hogares y escenarios creativos, construyendo una mitología artística que alcanzaría su punto culminante en los años ochenta con la consolidación masiva de Los Abuelos de la Nada.
En los inicios de su aventura musical, Miguel Abuelo era un caminante incansable de la Capital Federal. Las plazas porteñas, como la Plaza Francia en Recoleta, la Plaza San Martín en Retiro o Parque Rivadavia en Caballito, funcionaban durante aquellos años de agitación juvenil como puntos de encuentro libre donde poetas, músicos, artesanos y visionarios se reunían a compartir canciones, lecturas y filosofías de vida. Armado con su guitarra acústica, su voz de amplio registro y su presencia magnética, Miguel interpretaba sus primeras composiciones en el césped de los parques y en los pasillos de las modestas pensiones de los barrios de Balvanera o Monserrat donde solía alojarse, ofreciendo un refugio poético frente a la rigidez de la sociedad de la época.
Fue precisamente en ese ecosistema de bohemia barrial donde Miguel Abuelo concibió el nombre y el concepto inicial de Los Abuelos de la Nada, inspirándose en una frase del libro El hotel de la Luna de Leopoldo Marechal. La primera formación de la banda, que contaba con la participación fundamental de un joven Claudio Gabis y de Pappo, fue el reflejo directo de la diversidad y el talento volcánico que circulaba por las calles del centro porteño. Sin embargo, tras una prolongada e intensa etapa de exilio en Europa, Miguel regresó a Buenos Aires a comienzos de los años ochenta para refundar Los Abuelos de la Nada junto a una nómina estelar de músicos que incluía a Andrés Calamaro, Cachorro López, Gustavo Bazterrica, Daniel Melingo y Polo Corbella.
Esta segunda etapa de Los Abuelos de la Nada transformó radicalmente la escena pop y rock de la Capital Federal. La banda introdujo un sonido brillante, elegante y sumamente contagioso que combinaba el pop, el funk, el reggae y la poesía lírica más exquisita. Álbumes indispensables como Los Abuelos de la Nada (1982), Vasos y besos (1983) y Himno de mi corazón (1984) llenaron los teatros y estadios de la ciudad, desde el Luna Park hasta el Teatro Ópera, regalando al cancionero popular clásicos absolutos como "Mil horas", "Sin gamulán", "Lunes por la madrugada" y el propio "Himno de mi corazón".
A pesar del éxito masivo y de las luces del espectáculo, Miguel Abuelo jamás perdió su espíritu de juglar barrial y su conexión íntima con las veredas porteñas. Su poesía, repleta de metáforas luminosas, libertad individual, amor universal y espíritu libertario, continuó alimentándose de la observación atenta de la vida cotidiana en Buenos Aires. Su partida física en marzo de 1988 dejó un vacío irremplazable en la cultura nacional, pero su recuerdo permanece vivo en cada plaza, en cada pensión bohemia y en cada esquina de la ciudad donde un poeta callejero se atreve a soñar con un mundo más bello y libre.
Miguel Abuelo y Los Abuelos de la Nada en las plazas y pensiones porteñas
La figura de Miguel Ángel Peralta, conocido inmortalmente como Miguel Abuelo, encarna como ninguna otra la esencia del poeta libertario, el juglar cósmico y el bohemio absoluto que recorrió las calles de Buenos Aires dejando una estela indeleble de arte y vanguardia. A finales de la década de 1960, en los albores del rock nacional, Miguel Abuelo hizo de las plazas públicas, las pensiones de estudiantes y los cafés del centro porteño sus verdaderos hogares y escenarios creativos, construyendo una mitología artística que alcanzaría su punto culminante en los años ochenta con la consolidación masiva de Los Abuelos de la Nada.
En los inicios de su aventura musical, Miguel Abuelo era un caminante incansable de la Capital Federal. Las plazas porteñas, como la Plaza Francia en Recoleta, la Plaza San Martín en Retiro o Parque Rivadavia en Caballito, funcionaban durante aquellos años de agitación juvenil como puntos de encuentro libre donde poetas, músicos, artesanos y visionarios se reunían a compartir canciones, lecturas y filosofías de vida. Armado con su guitarra acústica, su voz de amplio registro y su presencia magnética, Miguel interpretaba sus primeras composiciones en el césped de los parques y en los pasillos de las modestas pensiones de los barrios de Balvanera o Monserrat donde solía alojarse, ofreciendo un refugio poético frente a la rigidez de la sociedad de la época.
Fue precisamente en ese ecosistema de bohemia barrial donde Miguel Abuelo concibió el nombre y el concepto inicial de Los Abuelos de la Nada, inspirándose en una frase del libro El hotel de la Luna de Leopoldo Marechal. La primera formación de la banda, que contaba con la participación fundamental de un joven Claudio Gabis y de Pappo, fue el reflejo directo de la diversidad y el talento volcánico que circulaba por las calles del centro porteño. Sin embargo, tras una prolongada e intensa etapa de exilio en Europa, Miguel regresó a Buenos Aires a comienzos de los años ochenta para refundar Los Abuelos de la Nada junto a una nómina estelar de músicos que incluía a Andrés Calamaro, Cachorro López, Gustavo Bazterrica, Daniel Melingo y Polo Corbella.
Esta segunda etapa de Los Abuelos de la Nada transformó radicalmente la escena pop y rock de la Capital Federal. La banda introdujo un sonido brillante, elegante y sumamente contagioso que combinaba el pop, el funk, el reggae y la poesía lírica más exquisita. Álbumes indispensables como Los Abuelos de la Nada (1982), Vasos y besos (1983) y Himno de mi corazón (1984) llenaron los teatros y estadios de la ciudad, desde el Luna Park hasta el Teatro Ópera, regalando al cancionero popular clásicos absolutos como "Mil horas", "Sin gamulán", "Lunes por la madrugada" y el propio "Himno de mi corazón".
A pesar del éxito masivo y de las luces del espectáculo, Miguel Abuelo jamás perdió su espíritu de juglar barrial y su conexión íntima con las veredas porteñas. Su poesía, repleta de metáforas luminosas, libertad individual, amor universal y espíritu libertario, continuó alimentándose de la observación atenta de la vida cotidiana en Buenos Aires. Su partida física en marzo de 1988 dejó un vacío irremplazable en la cultura nacional, pero su recuerdo permanece vivo en cada plaza, en cada pensión bohemia y en cada esquina de la ciudad donde un poeta callejero se atreve a soñar con un mundo más bello y libre.
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