CUARTO DE SIGLO DE PIE: LA ASAMBLEA DE JUAN B. JUSTO Y CORRIENTES Y EL ARTE DE SOTENER EL TEJIDO SOCIAL

 

En la esquina de Avenida Corrientes y Juan B. Justo el aire huele a mezcla de asfalto caliente, humo de colectivo y esa humedad inconfundible que sube desde las profundidades del arroyo Maldonado entubado. Pero al cruzar el umbral del número 6114 de la avenida, el pulso vertiginoso de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires cambia de ritmo. Huele a café recién colado, a pintura al agua, a papel impreso y al murmullos de voces que se cruzan sin pedir permiso. La Asamblea Popular de Juan B. Justo y Corrientes cumple veinticinco años de existencia ininterrumpida. Un cuarto de siglo resistiendo al olvido, al paso del tiempo y a las sucesivas marea económicas y sociales de la Argentina.

Para comprender lo que significa este hito en el corazón de Villa Crespo, hace falta viajar con la memoria a aquellos turbulentos días de diciembre de 2001 y comienzos de 2002. La chispa nació bajo la consigna del que se vayan todos, cuando miles de vecinos ganaron las calles con cacerolas, baldes y cucharas de madera en mano. En esa intersección donde el viaducto del ferrocarril San Martín corta la avenida, las veredas se convirtieron en el parlamento espontáneo del barrio. Allí, personas que hasta ayer apenas se saludaban en la fila de la panadería comenzaron a mirarse a los ojos, a compartir la angustia de los ahorros atrapados, el desempleo rampante y el desamparo institucional, pero también a tejer soluciones colectivas donde el Estado dejaba vacíos desoladores.

Con el paso de las semanas, las discusiones a la intemperie bajo los semáforos se transformaron en la necesidad imperiosa de tener un techo propio. Fue así como los vecinos recuperaron un inmueble abandonado y cedido en comodato, un espacio que a fuerza de pinceladas, lijadoras, instalación de cañerías y trabajo voluntario, pasó de ser un cascarón olvidado a un faro de resistencia comunitaria.

Hoy, a veinticinco años de aquellas jornadas históricas, la asamblea no es una pieza de museo sobre la crisis de 2001. Es un organismo vivo que late de lunes a lunes. Durante este cuarto de siglo, el espacio ha visto pasar generaciones enteras. Aquellos niños que jugaban entre las patas de las sillas plegables durante las primeras reuniones de vecinos son hoy los adultos que dictan talleres, sostienen la radio comunitaria —Radio Asamblea 94.1— o coordinan las actividades de apoyo escolar.

En la cotidianidad de la casona se entrelazan múltiples realidades. Por las mañanas y tardes, las mesas se llenan de adultos mayores que encuentran en los talleres de memoria, gimansia adaptada o literatura un antídoto contra la soledad urbana. Unas horas más tarde, las aulas improvisadas albergan a jóvenes y adultos que completan sus estudios o aprenden oficios. Los fines de semana, el lugar se transforma en un centro cultural autogestivo donde se presentan obras de teatro independiente, bandas del circuito alternativo, ciclos de cine debate y peñas folklóricas que financian las mismas actividades del lugar.

El valor de espacios como la Asamblea de Juan B. Justo y Corrientes no radica únicamente en la oferta cultural o de asistencia inmediata; radica en el sentido de pertenencia que construyó en un ecosistema urbano crecientemente individualista. En tiempos donde la vida comunitaria suele diluirse tras las pantallas y el ritmo frenético de la metrópoli, el local de Corrientes 6114 se erige como una trinchera de afecto y solidaridad. Aquí nadie es un mero consumidor: el que entra como tallerista termina aportando a la comisión de mantenimiento; la vecina que se acerca por una consulta termina cocinando en las ollas populares que renacen cada vez que la economía aprieta los bolsillos del barrio.

No obstante, la historia de este cuarto de siglo no ha estado exenta de amenazas y momentos de zozobra. La especulación inmobiliaria, las intimaciones de desalojo y los intentos burocráticos por vaciar el espacio han sido una constante a lo largo de las décadas. Cada orden de desalojo o intento de clausura ha sido respondido de la misma manera en que nació la asamblea: con la comunidad organizada en la calle, abrazando el edificio, juntando firmas y demostrando que la rentabilidad en metros cuadrados jamás podrá medir el valor incalculable de la red social tejida en su interior.

El festejo de estos veinticinco años no es una mirada melancólica hacia el pasado, sino una afirmación del presente y un compromiso hacia el futuro. Los carteles pintados a mano en el frente del local recuerdan que la memoria se ejercita actuando todos los días. Entre un tango que suena de fondo en la radio comunitaria, las risas de un taller de teatro y el humo de un guiso compartido entre vecinos, la Asamblea Popular de Juan B. Justo y Corrientes demuestra que lautogestión no era un arrebato pasajero de la crisis, sino una forma digna y duradera de habitar la ciudad. Veinticinco años después, el faro de la esquina sigue encendido.