Línea A de Subte – Las estaciones históricas y las antiguas formaciones Brugeoise
La Línea A del Subterráneo de Buenos Aires no es simplemente una vía de transporte sobre rieles que conecta la Plaza de Mayo con el barrio de Flores; es un monumento histórico nacional y la columna vertebral subterránea sobre la que se consolidó la modernidad porteña a comienzos del siglo XX. Inaugurada el 1 de diciembre de 1913 por la Anglo Argentina Tramways Company (la mítica "Anglo"), la Línea A nació para descomprimir el febril tránsito de tranvías y carruajes que saturaba la superficie de la Avenida de Mayo. Recorrer sus estaciones originales es adentrarse en una de las obras de infraestructura urbana mejor preservadas del mundo, donde cada detalle de diseño responde a la elegancia y al rigor funcional de la belle époque.
El diseño arquitectónico de las estaciones del tramo histórico de la Línea A —que abarca desde la estación Plaza de Mayo hasta la estación Pasco— sigue una escala humana y un lenguaje estético profundamente coherente. Al descender desde la vereda a través de las elegantes bocas de acceso de hierro forjado verde con letreros iluminados de tipografía tradicional, el pasajero ingresa a vestíbulos y andenes de piso bajo y paredes revestidas con azulejos de loza blanca brillante. La monotonía del blanco se rompe mediante la aplicación de guardas de mayólica esmaltada en los bordes superiores de los muros y alrededor de los carteles con el nombre de la estación. Cada estación fue dotada de un color distintivo para su guarda cerámica: amarillo en Plaza de Mayo, azul en Perú, verde en Piedras, terracota en Lima, y así sucesivamente. Este recurso no solo aportaba una grata identidad cromática, sino que permitía a los pasajeros analfabetos reconocer su destino de forma inmediata.
Entre las estaciones del tramo histórico, la estación Perú destaca como el templo de la conservación patrimonial. Restaurada minuciosamente para recrear su aspecto original de 1913, Perú conserva las baldosas calcáreas originales, las rejas de hierro trabajado, las taquillas de madera con ventanillas de bronce para la venta de boletos y afiches publicitarios de época reproducidos en enlozados metálicos, que anuncian productos clásicos del siglo pasado. Además, la estación conserva las exclusivas luminarias de hierro con tulipanas de vidrio opalino que proyectan una luz cálida sobre los andenes. Otra particularidad arquitectónica fascinante del trazado es la presencia de las estaciones "semi-fantasma" Pasco y Alberti, cuyas plataformas opuestas fueron clausuradas a mediados del siglo XX por su extrema cercanía física, dejando ver desde las ventanas del tren andenes oscuros congelados en el tiempo.
Sin embargo, el alma indiscutible de la Línea A durante un siglo completo estuvo representada por sus célebres formaciones de trenes de madera, conocidas afectuosamente por los porteños como "las Brujas" o "los coches Brugeoise". Fabricadas en Bélgica entre 1911 y 1919 por la firma La Brugeoise et Nicaise et Delcuve, con equipamiento eléctrico de la empresa alemana AEG, estas formaciones rodaron ininterrumpidamente durante noventa y nueve años y un mes, marcando el récord mundial de servicio activo para un material rodante de transporte público masivo.
Analizar gráficamente una formación Brugeoise es estudiar una obra maestra de la artesanía industrial. El exterior de los coches, pintado en un clásico color gris con franjas amarillas y techos curvados de madera protegida con lona impermeabilizada, presentaba un perfil elegante con grandes ventanales de guillotina. El interior era un despliegue de calidez noble: paredes y cielorrasos revestidos en madera de roble e incienso barnizada a mano, asientos de laminillas de madera pulida dispuestos en forma transversal y longitudinal, pasamanos de bronce brillante y puertas de madera de apertura manual que los propios pasajeros debían deslizar para ascender o descender. El sistema de iluminación interior se basaba en Tulipanes de vidrio soplado opalino montadas sobre apliques de bronce, que emitían una luz amarillenta y nostálgica.
El andar de las "Brujas" poseía una sonoridad inconfundible que forma parte de la memoria auditiva de varias generaciones de porteños: el crujido característico de la madera al tomar las curvas cerradas bajo la Avenida de Mayo, el chirrido metálico de los frenos de aire comprimido, el golpe seco de los relés eléctricos bajo el piso al acelerar y el silbato de bronce accionado por el guardatren desde el último coche. Aunque en enero de 2013 las formaciones Brugeoise fueron retiradas del servicio comercial cotidiano para dar paso a modernos trenes con aire acondicionado y sistemas de seguridad automatizados, varias formaciones fueron restauradas y conservadas como patrimonio histórico, realizando paseos nocturnos especiales. La Línea A sigue siendo, por su arquitectura y su memoria sobre rieles, la puerta de entrada a la historia subterránea de Buenos Aires.
Línea A de Subte – Las estaciones históricas y las antiguas formaciones Brugeoise
La Línea A del Subterráneo de Buenos Aires no es simplemente una vía de transporte sobre rieles que conecta la Plaza de Mayo con el barrio de Flores; es un monumento histórico nacional y la columna vertebral subterránea sobre la que se consolidó la modernidad porteña a comienzos del siglo XX. Inaugurada el 1 de diciembre de 1913 por la Anglo Argentina Tramways Company (la mítica "Anglo"), la Línea A nació para descomprimir el febril tránsito de tranvías y carruajes que saturaba la superficie de la Avenida de Mayo. Recorrer sus estaciones originales es adentrarse en una de las obras de infraestructura urbana mejor preservadas del mundo, donde cada detalle de diseño responde a la elegancia y al rigor funcional de la belle époque.
El diseño arquitectónico de las estaciones del tramo histórico de la Línea A —que abarca desde la estación Plaza de Mayo hasta la estación Pasco— sigue una escala humana y un lenguaje estético profundamente coherente. Al descender desde la vereda a través de las elegantes bocas de acceso de hierro forjado verde con letreros iluminados de tipografía tradicional, el pasajero ingresa a vestíbulos y andenes de piso bajo y paredes revestidas con azulejos de loza blanca brillante. La monotonía del blanco se rompe mediante la aplicación de guardas de mayólica esmaltada en los bordes superiores de los muros y alrededor de los carteles con el nombre de la estación. Cada estación fue dotada de un color distintivo para su guarda cerámica: amarillo en Plaza de Mayo, azul en Perú, verde en Piedras, terracota en Lima, y así sucesivamente. Este recurso no solo aportaba una grata identidad cromática, sino que permitía a los pasajeros analfabetos reconocer su destino de forma inmediata.
Entre las estaciones del tramo histórico, la estación Perú destaca como el templo de la conservación patrimonial. Restaurada minuciosamente para recrear su aspecto original de 1913, Perú conserva las baldosas calcáreas originales, las rejas de hierro trabajado, las taquillas de madera con ventanillas de bronce para la venta de boletos y afiches publicitarios de época reproducidos en enlozados metálicos, que anuncian productos clásicos del siglo pasado. Además, la estación conserva las exclusivas luminarias de hierro con tulipanas de vidrio opalino que proyectan una luz cálida sobre los andenes. Otra particularidad arquitectónica fascinante del trazado es la presencia de las estaciones "semi-fantasma" Pasco y Alberti, cuyas plataformas opuestas fueron clausuradas a mediados del siglo XX por su extrema cercanía física, dejando ver desde las ventanas del tren andenes oscuros congelados en el tiempo.
Sin embargo, el alma indiscutible de la Línea A durante un siglo completo estuvo representada por sus célebres formaciones de trenes de madera, conocidas afectuosamente por los porteños como "las Brujas" o "los coches Brugeoise". Fabricadas en Bélgica entre 1911 y 1919 por la firma La Brugeoise et Nicaise et Delcuve, con equipamiento eléctrico de la empresa alemana AEG, estas formaciones rodaron ininterrumpidamente durante noventa y nueve años y un mes, marcando el récord mundial de servicio activo para un material rodante de transporte público masivo.
Analizar gráficamente una formación Brugeoise es estudiar una obra maestra de la artesanía industrial. El exterior de los coches, pintado en un clásico color gris con franjas amarillas y techos curvados de madera protegida con lona impermeabilizada, presentaba un perfil elegante con grandes ventanales de guillotina. El interior era un despliegue de calidez noble: paredes y cielorrasos revestidos en madera de roble e incienso barnizada a mano, asientos de laminillas de madera pulida dispuestos en forma transversal y longitudinal, pasamanos de bronce brillante y puertas de madera de apertura manual que los propios pasajeros debían deslizar para ascender o descender. El sistema de iluminación interior se basaba en Tulipanes de vidrio soplado opalino montadas sobre apliques de bronce, que emitían una luz amarillenta y nostálgica.
El andar de las "Brujas" poseía una sonoridad inconfundible que forma parte de la memoria auditiva de varias generaciones de porteños: el crujido característico de la madera al tomar las curvas cerradas bajo la Avenida de Mayo, el chirrido metálico de los frenos de aire comprimido, el golpe seco de los relés eléctricos bajo el piso al acelerar y el silbato de bronce accionado por el guardatren desde el último coche. Aunque en enero de 2013 las formaciones Brugeoise fueron retiradas del servicio comercial cotidiano para dar paso a modernos trenes con aire acondicionado y sistemas de seguridad automatizados, varias formaciones fueron restauradas y conservadas como patrimonio histórico, realizando paseos nocturnos especiales. La Línea A sigue siendo, por su arquitectura y su memoria sobre rieles, la puerta de entrada a la historia subterránea de Buenos Aires.
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