: La cultura del vermut – Sifones de soda, pizzerías y las nuevas vermuterías
El ritual del vermut es una de las tradiciones más arraigadas en la cultura cotidiana de Buenos Aires, un espacio suspendido en la frontera entre la tarde y la noche conocido popularmente como "la hora del vermut" o el "copetín". Heredado de la inmigración italiana y española, el consumo de aperitivos a base de vino macerado con hierbas, raíces y botánicos fue durante décadas el prefacio obligatorio del almuerzo del domingo o el punto de encuentro de los trabajadores al salir de la jornada laboral. En los últimos años, este ritual ha experimentado una espectacular revitalización en la ciudad, conectando la nostalgia de las antiguas pizzerías de mostrador con una nueva ola de vermuterías artesanales que resignifican el lenguaje gráfico de los sifones y las picadas.
El elemento icónico y visualmente insustituible de la cultura del vermut porteño es el sifón de soda. El agua carbonatada a gran presión es el vehículo indispensable para diluir la densidad alcohólica y azucarada del aperitivo, aportando efervescencia y frescura. Los sifones antiguos de vidrio cabeza de plomo —disponibles en tonalidades azul cobalto, verde esmeralda, rosado y transparente— son piezas de colección que adornan los mostradores de los bares. La acción de accionar la palanca del sifón sobre el vaso genera una lluvia de burbujas intensas que rompen el color oscuro del vermut (rojo o blanco), produciendo una espuma densa en la superficie que libera los aromas de ajenjo, gentiana, cáscaras de cítricos y especias maceradas.
En el contexto tradicional de la pizzería y el bar de barrio, el vermut se sirve en vasos cortos de vidrio grueso de tubo o faceteados. Marcas históricas como Cinzano, Fernet, Marcela, Pineral, Hesperidina y Yoli son las protagonistas de este paisaje. El aperitivo nunca se consume en soledad; se acompaña invariablemente por el "copetín" o picada, una constelación de pequeños platillos de loza o metal que saturan la mesa. Esta picada tradicional incluye aceitunas verdes sazonadas con ají molido y aceite de oliva, dados de queso mar del plata o gouda, rodajas de salame picado grueso, maní frito salado, papas fritas de paquete crocantes y berenjenas al escabeche con abundante orégano y ajo.
La nueva escena urbana ha presenciado el florecimiento de vermuterías de autor en barrios como Chacarita, Villa Crespo, Palermo y San Telmo. Locales como La Fuerza, Sombra, La Vermutería de Los Galpones o Café San Bernardo han reinterpretado este ritual sin perder su raíz popular. Gráficamente, estos espacios combinan estéticas retro —con mostradores de granito terrazo, banquetas altas de caño cromado, letreros de neón vintage y azulejos blancos tipo subte— con una gráfica contemporánea expresada en etiquetas de diseño, botellas de vidrio serigrafiadas y sifones personalizados.
En estas vermuterías modernas, la elaboración del aperitivo ha incorporado botánicos nativos del territorio argentino, como la jarilla, el poleo, la carqueja y la menta peperina, combinados con vinos base de Malbec o Torrontés. El vermut de grifo o tirado directamente desde barriles de acero inoxidable se ha convertido en una tendencia visual muy marcada, donde las canillas de bronce vierten el líquido ámbar o rubí directamente sobre vasos de trago corto cargados con cubos de hielo macizo, una rodaja de naranja fresca y una aceituna verde atravesada por un escarbadientes de madera. La cultura del vermut demuestra así su capacidad para unir a distintas generaciones bajo una misma premisa: detener el ritmo vertiginoso de la metrópoli para celebrar la pausa, el trago amargo y la conversación compartida.
: La cultura del vermut – Sifones de soda, pizzerías y las nuevas vermuterías
El ritual del vermut es una de las tradiciones más arraigadas en la cultura cotidiana de Buenos Aires, un espacio suspendido en la frontera entre la tarde y la noche conocido popularmente como "la hora del vermut" o el "copetín". Heredado de la inmigración italiana y española, el consumo de aperitivos a base de vino macerado con hierbas, raíces y botánicos fue durante décadas el prefacio obligatorio del almuerzo del domingo o el punto de encuentro de los trabajadores al salir de la jornada laboral. En los últimos años, este ritual ha experimentado una espectacular revitalización en la ciudad, conectando la nostalgia de las antiguas pizzerías de mostrador con una nueva ola de vermuterías artesanales que resignifican el lenguaje gráfico de los sifones y las picadas.
El elemento icónico y visualmente insustituible de la cultura del vermut porteño es el sifón de soda. El agua carbonatada a gran presión es el vehículo indispensable para diluir la densidad alcohólica y azucarada del aperitivo, aportando efervescencia y frescura. Los sifones antiguos de vidrio cabeza de plomo —disponibles en tonalidades azul cobalto, verde esmeralda, rosado y transparente— son piezas de colección que adornan los mostradores de los bares. La acción de accionar la palanca del sifón sobre el vaso genera una lluvia de burbujas intensas que rompen el color oscuro del vermut (rojo o blanco), produciendo una espuma densa en la superficie que libera los aromas de ajenjo, gentiana, cáscaras de cítricos y especias maceradas.
En el contexto tradicional de la pizzería y el bar de barrio, el vermut se sirve en vasos cortos de vidrio grueso de tubo o faceteados. Marcas históricas como Cinzano, Fernet, Marcela, Pineral, Hesperidina y Yoli son las protagonistas de este paisaje. El aperitivo nunca se consume en soledad; se acompaña invariablemente por el "copetín" o picada, una constelación de pequeños platillos de loza o metal que saturan la mesa. Esta picada tradicional incluye aceitunas verdes sazonadas con ají molido y aceite de oliva, dados de queso mar del plata o gouda, rodajas de salame picado grueso, maní frito salado, papas fritas de paquete crocantes y berenjenas al escabeche con abundante orégano y ajo.
La nueva escena urbana ha presenciado el florecimiento de vermuterías de autor en barrios como Chacarita, Villa Crespo, Palermo y San Telmo. Locales como La Fuerza, Sombra, La Vermutería de Los Galpones o Café San Bernardo han reinterpretado este ritual sin perder su raíz popular. Gráficamente, estos espacios combinan estéticas retro —con mostradores de granito terrazo, banquetas altas de caño cromado, letreros de neón vintage y azulejos blancos tipo subte— con una gráfica contemporánea expresada en etiquetas de diseño, botellas de vidrio serigrafiadas y sifones personalizados.
En estas vermuterías modernas, la elaboración del aperitivo ha incorporado botánicos nativos del territorio argentino, como la jarilla, el poleo, la carqueja y la menta peperina, combinados con vinos base de Malbec o Torrontés. El vermut de grifo o tirado directamente desde barriles de acero inoxidable se ha convertido en una tendencia visual muy marcada, donde las canillas de bronce vierten el líquido ámbar o rubí directamente sobre vasos de trago corto cargados con cubos de hielo macizo, una rodaja de naranja fresca y una aceituna verde atravesada por un escarbadientes de madera. La cultura del vermut demuestra así su capacidad para unir a distintas generaciones bajo una misma premisa: detener el ritmo vertiginoso de la metrópoli para celebrar la pausa, el trago amargo y la conversación compartida.
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