: Julio Cortázar y la geografía del jazz, los pasajes porteños y la transformación de la realidad en 'Rayuela' y sus cuentos
Julio Cortázar inscribió en la literatura hispanoamericana una mirada única sobre la Ciudad de Buenos Aires, caracterizada por la irrupción de lo fantástico en la cotidianidad urbana y por una cartografía afectiva que conecta las calles porteñas con las avenidas de París. Aunque el autor vivió gran parte de su vida adulta en Europa, la Buenos Aires de sus años de formación —especialmente la del barrio de Agronomía, las galerías del centro y las estaciones del tranvía— permaneció imborrable en su arquitectura mental, funcionando como el ancla de su deslumbrante universo poético.
En la obra fundamental de Cortázar, Rayuela (1963), la ciudad se presenta dividida en dos polos dialécticos: "Del lado de allá" (París) y "Del lado de acá" (Buenos Aires). La sección porteña del libro nos adentra en una Buenos Aires nocturna, bohemia y melancólica, habitada por personajes como Horacio Oliveira, Traveler y Talita. La geografía de Rayuela recorre las calles del centro, los cafés tradicionales, los puentes y el siniestro hospital psiquiátrico donde transcurre parte del desenlace, cuestionando las fronteras entre la cordura y la locura, entre la realidad objetiva y el juego poético.
Un rasgo distintivo de la Buenos Aires cortazariana es su fascinación por los pasajes urbanos: esos corredores techados y galerías comerciales que atraviesan las manzanas del centro porteño, como el Pasaje Güemes o el Pasaje Rivarola. Para Cortázar, los pasajes eran umbrales o portales espacio-temporales donde las reglas de la lógica habitual se suspendían. En cuentos memorables como "El otro cielo", el protagonista camina por la Galería Güemes de la calle Florida para desembocar, sin solución de continuidad, en las galerías cubiertas del París del siglo XIX, tejiendo una red invisible de pasadizos secretos entre dos mundos distantes.
La música, y de manera preeminente el jazz, constituye el ritmo subterráneo que estructura la geografía porteña en la narrativa de Cortázar. El swinging, la improvisación y la búsqueda de un absoluto a través de las notas de Charlie Parker o Louis Armstrong no solo ambientan las reuniones de sus personajes en departamentos porteños cargados de humo y discos de pasta, sino que moldean la sintaxis misma de su prosa. Cuentos como "El perseguidor" o "Las puertas del cielo" capturan la atmósfera de los clubes de jazz, los bailables populares del Luna Park y las milongas de barrio, revelando la sensibilidad de un autor atento a los pulsos sonoros de la urbe.
El barrio de Agronomía, con sus calles arboladas, sus casas bajas y la tranquilidad casi rural de su parque central, albergó el departamento de la calle Artigas donde Cortázar escribió varios de sus relatos más célebres. Hoy, esa esquina y el entorno del barrio conservan el espíritu cortazariano. La literatura de Julio Cortázar transformó a Buenos Aires en una ciudad de ventanas secretas, un mapa donde lo fantástico aguarda a la vuelta de cualquier esquina, invitando al lector a saltar sobre la vereda como quien juega a la rayuela para descubrir la otra cara de la realidad.
: Julio Cortázar y la geografía del jazz, los pasajes porteños y la transformación de la realidad en 'Rayuela' y sus cuentos
Julio Cortázar inscribió en la literatura hispanoamericana una mirada única sobre la Ciudad de Buenos Aires, caracterizada por la irrupción de lo fantástico en la cotidianidad urbana y por una cartografía afectiva que conecta las calles porteñas con las avenidas de París. Aunque el autor vivió gran parte de su vida adulta en Europa, la Buenos Aires de sus años de formación —especialmente la del barrio de Agronomía, las galerías del centro y las estaciones del tranvía— permaneció imborrable en su arquitectura mental, funcionando como el ancla de su deslumbrante universo poético.
En la obra fundamental de Cortázar, Rayuela (1963), la ciudad se presenta dividida en dos polos dialécticos: "Del lado de allá" (París) y "Del lado de acá" (Buenos Aires). La sección porteña del libro nos adentra en una Buenos Aires nocturna, bohemia y melancólica, habitada por personajes como Horacio Oliveira, Traveler y Talita. La geografía de Rayuela recorre las calles del centro, los cafés tradicionales, los puentes y el siniestro hospital psiquiátrico donde transcurre parte del desenlace, cuestionando las fronteras entre la cordura y la locura, entre la realidad objetiva y el juego poético.
Un rasgo distintivo de la Buenos Aires cortazariana es su fascinación por los pasajes urbanos: esos corredores techados y galerías comerciales que atraviesan las manzanas del centro porteño, como el Pasaje Güemes o el Pasaje Rivarola. Para Cortázar, los pasajes eran umbrales o portales espacio-temporales donde las reglas de la lógica habitual se suspendían. En cuentos memorables como "El otro cielo", el protagonista camina por la Galería Güemes de la calle Florida para desembocar, sin solución de continuidad, en las galerías cubiertas del París del siglo XIX, tejiendo una red invisible de pasadizos secretos entre dos mundos distantes.
La música, y de manera preeminente el jazz, constituye el ritmo subterráneo que estructura la geografía porteña en la narrativa de Cortázar. El swinging, la improvisación y la búsqueda de un absoluto a través de las notas de Charlie Parker o Louis Armstrong no solo ambientan las reuniones de sus personajes en departamentos porteños cargados de humo y discos de pasta, sino que moldean la sintaxis misma de su prosa. Cuentos como "El perseguidor" o "Las puertas del cielo" capturan la atmósfera de los clubes de jazz, los bailables populares del Luna Park y las milongas de barrio, revelando la sensibilidad de un autor atento a los pulsos sonoros de la urbe.
El barrio de Agronomía, con sus calles arboladas, sus casas bajas y la tranquilidad casi rural de su parque central, albergó el departamento de la calle Artigas donde Cortázar escribió varios de sus relatos más célebres. Hoy, esa esquina y el entorno del barrio conservan el espíritu cortazariano. La literatura de Julio Cortázar transformó a Buenos Aires en una ciudad de ventanas secretas, un mapa donde lo fantástico aguarda a la vuelta de cualquier esquina, invitando al lector a saltar sobre la vereda como quien juega a la rayuela para descubrir la otra cara de la realidad.
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