Barracas y la Calle Lanín: Intervenciones artísticas en las fachadas
En el extremo sur de la ciudad, donde la historia industrial de Buenos Aires dejó una huella indeleble en forma de enormes depósitos textiles, galpones ferroviarios y fábricas de mampostería pesada, el barrio de Barracas guarda uno de los experimentos artísticos comunitarios más deslumbrantes y poéticos del paisaje urbano argentino: la intervención plástica de la calle Lanín. Este pasaje de apenas tres cuadras de extensión, escondido entre las avenidas Regimiento de Patricios y Montes de Oca, ha pasado de ser una arteria residencial humilde e inadvertida a convertirse en un museo al aire libre donde la arquitectura doméstica se transforma en lienzo vivo.
El artífice de esta gesta estética es el artista plástico Marino Santa María, quien nació, se crio y mantiene su taller en una de las viviendas de la calle Lanín. A finales de la década de 1990, motivado por el deseo de llevar el arte fuera de los museos y galerías tradicionales para integrarlo en la vida cotidiana de sus vecinos, Santa María concibió un proyecto audaz: intervenir pictóricamente la fachada de su propia casa familiar. La respuesta entusiasta de la comunidad no se hizo esperar, y pronto los vecinos de las cuadras contiguas le solicitaron que extendiera su obra a las fachadas de sus propias viviendas.
Lo que comenzó con pintura acrílica evolucionó rápidamente hacia una técnica mucho más duradera y texturada: el mosaico veneciano y los azulejos partidos (tencadís). Con el apoyo del Gobierno de la Ciudad y el consentimiento entusiasta de más de cuarenta familias, Santa María diseñó composiciones abstractas únicas para cada una de las fachadas, respetando la morfología de las ventanas, las puertas, los balcones y las molduras de las casitas construidas a principios del siglo XX.
Caminar por la calle Lanín es ingresar a una dimensión cromática y táctil fascinante. Las fachadas lucen patrones geométricos, ondulaciones orgánicas, espirales, formas abstractas y combinaciones de colores vibrantes que van desde el azul ultramar y el verde esmeralda hasta el amarillo naranja y el rojo carmesí. Cientos de miles de pequeñas venecitas de vidrio reflectante y trozos de cerámica refractan la luz del sol según la hora del día, haciendo que las paredes parezcan vibrar y mutar con el paso de las horas. La noche aporta su propia magia gracias a un sistema de iluminación especial proyectado para resaltar las texturas y el relieve de los mosaicos.
Esta intervención no solo modificó la percepción visual de la calle, sino que transformó profundamente la dinámica comunitaria y la identidad de Barracas. Lanín demostró que el espacio público puede revalorizarse radicalmente a través del arte participativo, devolviendo el sentido de pertenencia y orgullo a un sector afectado por la desindustrialización. Al recorrer el pasaje, no es raro encontrar al propio Marino Santa María trabajando en su taller con la puerta abierta, o conversar con los vecinos que cuidan amorosamente sus fachadas y las plantas que adornan las veredas.
A pocas cuadras de la calle Lanín, el barrio de Barracas ofrece otros hitos de este diálogo entre la memoria industrial y la creación artística, como la avenida Caseros con sus imponentes edificios de departamentos de estilo inglés y sus cafés gastronómicos de vanguardia, o el Centro Metropolitano de Diseño (CMD), instalado en el colosal edificio recuperado del antiguo Mercado del Pescado. Sin embargo, la calle Lanín permanece como la expresión más pura y entrañable de cómo la visión de un artista y la complicidad de un vecindario pueden convertir tres cuadras de asfalto ordinario en un monumento a la belleza, el color y la convivencia pacífica.
Barracas y la Calle Lanín: Intervenciones artísticas en las fachadas
En el extremo sur de la ciudad, donde la historia industrial de Buenos Aires dejó una huella indeleble en forma de enormes depósitos textiles, galpones ferroviarios y fábricas de mampostería pesada, el barrio de Barracas guarda uno de los experimentos artísticos comunitarios más deslumbrantes y poéticos del paisaje urbano argentino: la intervención plástica de la calle Lanín. Este pasaje de apenas tres cuadras de extensión, escondido entre las avenidas Regimiento de Patricios y Montes de Oca, ha pasado de ser una arteria residencial humilde e inadvertida a convertirse en un museo al aire libre donde la arquitectura doméstica se transforma en lienzo vivo.
El artífice de esta gesta estética es el artista plástico Marino Santa María, quien nació, se crio y mantiene su taller en una de las viviendas de la calle Lanín. A finales de la década de 1990, motivado por el deseo de llevar el arte fuera de los museos y galerías tradicionales para integrarlo en la vida cotidiana de sus vecinos, Santa María concibió un proyecto audaz: intervenir pictóricamente la fachada de su propia casa familiar. La respuesta entusiasta de la comunidad no se hizo esperar, y pronto los vecinos de las cuadras contiguas le solicitaron que extendiera su obra a las fachadas de sus propias viviendas.
Lo que comenzó con pintura acrílica evolucionó rápidamente hacia una técnica mucho más duradera y texturada: el mosaico veneciano y los azulejos partidos (tencadís). Con el apoyo del Gobierno de la Ciudad y el consentimiento entusiasta de más de cuarenta familias, Santa María diseñó composiciones abstractas únicas para cada una de las fachadas, respetando la morfología de las ventanas, las puertas, los balcones y las molduras de las casitas construidas a principios del siglo XX.
Caminar por la calle Lanín es ingresar a una dimensión cromática y táctil fascinante. Las fachadas lucen patrones geométricos, ondulaciones orgánicas, espirales, formas abstractas y combinaciones de colores vibrantes que van desde el azul ultramar y el verde esmeralda hasta el amarillo naranja y el rojo carmesí. Cientos de miles de pequeñas venecitas de vidrio reflectante y trozos de cerámica refractan la luz del sol según la hora del día, haciendo que las paredes parezcan vibrar y mutar con el paso de las horas. La noche aporta su propia magia gracias a un sistema de iluminación especial proyectado para resaltar las texturas y el relieve de los mosaicos.
Esta intervención no solo modificó la percepción visual de la calle, sino que transformó profundamente la dinámica comunitaria y la identidad de Barracas. Lanín demostró que el espacio público puede revalorizarse radicalmente a través del arte participativo, devolviendo el sentido de pertenencia y orgullo a un sector afectado por la desindustrialización. Al recorrer el pasaje, no es raro encontrar al propio Marino Santa María trabajando en su taller con la puerta abierta, o conversar con los vecinos que cuidan amorosamente sus fachadas y las plantas que adornan las veredas.
A pocas cuadras de la calle Lanín, el barrio de Barracas ofrece otros hitos de este diálogo entre la memoria industrial y la creación artística, como la avenida Caseros con sus imponentes edificios de departamentos de estilo inglés y sus cafés gastronómicos de vanguardia, o el Centro Metropolitano de Diseño (CMD), instalado en el colosal edificio recuperado del antiguo Mercado del Pescado. Sin embargo, la calle Lanín permanece como la expresión más pura y entrañable de cómo la visión de un artista y la complicidad de un vecindario pueden convertir tres cuadras de asfalto ordinario en un monumento a la belleza, el color y la convivencia pacífica.
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