El Albergue Warnes ocupa un lugar singular en la historia urbana y social de Buenos Aires. Durante décadas fue símbolo de promesas incumplidas, crisis habitacional y supervivencia. Lo que comenzó como un ambicioso proyecto sanitario terminó convirtiéndose en uno de los asentamientos más emblemáticos de la Argentina.
La historia se remonta a 1951, cuando el gobierno de Juan Domingo Perón impulsó la construcción de un gigantesco Hospital de Pediatría sobre un predio de 19 hectáreas ubicado en el barrio de La Paternal. El complejo estaba destinado a convertirse en uno de los centros médicos infantiles más importantes de América Latina. El proyecto contemplaba varios edificios de gran altura, equipados con tecnología de avanzada y espacios especialmente diseñados para la atención de niños.
Sin embargo, el golpe de Estado de 1955 interrumpió las obras cuando estas se encontraban cerca de su finalización. Los enormes edificios quedaron abandonados y, con el paso de los años, comenzaron a deteriorarse. Lo que había sido pensado como un símbolo de progreso sanitario se transformó en una estructura vacía de hormigón, expuesta al abandono y al olvido.
A finales de la década de 1950, numerosas familias sin acceso a una vivienda comenzaron a ocupar los edificios inconclusos. De manera gradual, el lugar fue adquiriendo una nueva identidad: nació el Albergue Warnes. Allí llegaron personas provenientes de distintos puntos del país y también inmigrantes de naciones vecinas, atraídos por la posibilidad de contar con un techo, aunque fuera en condiciones precarias.
La vida dentro del complejo era difícil. Los edificios carecían de servicios básicos adecuados, presentaban problemas estructurales y ofrecían escasas condiciones de seguridad. Sin embargo, los habitantes desarrollaron formas de organización comunitaria que permitieron sostener la vida cotidiana. Los amplios espacios destinados originalmente a pabellones hospitalarios fueron divididos para crear viviendas improvisadas. También aparecieron pequeños comercios, talleres y espacios de encuentro social.
Con el tiempo, el Albergue Warnes se convirtió en una pequeña ciudad dentro de la ciudad. Llegó a albergar a más de dos mil personas, reflejando el grave déficit habitacional que afectaba a Buenos Aires. Para muchos de sus residentes, el lugar representó una oportunidad de construir comunidad y encontrar estabilidad en medio de la exclusión social.
Paralelamente, se desarrolló una larga disputa judicial por la propiedad del terreno. Finalmente, la Justicia ordenó la restitución del predio a sus antiguos dueños, lo que obligó al Estado a buscar una solución para las familias residentes. En diciembre de 1990 comenzó el traslado de los habitantes hacia el Barrio Ramón Carrillo, construido para su relocalización.
El capítulo final llegó el 16 de marzo de 1991. Ante miles de espectadores y una enorme cobertura mediática, los edificios fueron demolidos mediante implosión controlada. La imagen de las torres cayendo quedó grabada en la memoria colectiva de los argentinos como el cierre de una etapa marcada por contradicciones sociales y políticas.
Hoy, donde alguna vez se levantó el Albergue Warnes, existen espacios comerciales, áreas verdes y nuevas infraestructuras urbanas. Sin embargo, su historia continúa siendo recordada como un ejemplo de cómo un proyecto estatal inconcluso terminó convirtiéndose en refugio para miles de familias. El Albergue Warnes sigue representando, para muchos, una de las expresiones más visibles de las deudas sociales y urbanas de la Argentina contemporánea.
El Albergue Warnes ocupa un lugar singular en la historia urbana y social de Buenos Aires. Durante décadas fue símbolo de promesas incumplidas, crisis habitacional y supervivencia. Lo que comenzó como un ambicioso proyecto sanitario terminó convirtiéndose en uno de los asentamientos más emblemáticos de la Argentina.
La historia se remonta a 1951, cuando el gobierno de Juan Domingo Perón impulsó la construcción de un gigantesco Hospital de Pediatría sobre un predio de 19 hectáreas ubicado en el barrio de La Paternal. El complejo estaba destinado a convertirse en uno de los centros médicos infantiles más importantes de América Latina. El proyecto contemplaba varios edificios de gran altura, equipados con tecnología de avanzada y espacios especialmente diseñados para la atención de niños.
Sin embargo, el golpe de Estado de 1955 interrumpió las obras cuando estas se encontraban cerca de su finalización. Los enormes edificios quedaron abandonados y, con el paso de los años, comenzaron a deteriorarse. Lo que había sido pensado como un símbolo de progreso sanitario se transformó en una estructura vacía de hormigón, expuesta al abandono y al olvido.
A finales de la década de 1950, numerosas familias sin acceso a una vivienda comenzaron a ocupar los edificios inconclusos. De manera gradual, el lugar fue adquiriendo una nueva identidad: nació el Albergue Warnes. Allí llegaron personas provenientes de distintos puntos del país y también inmigrantes de naciones vecinas, atraídos por la posibilidad de contar con un techo, aunque fuera en condiciones precarias.
La vida dentro del complejo era difícil. Los edificios carecían de servicios básicos adecuados, presentaban problemas estructurales y ofrecían escasas condiciones de seguridad. Sin embargo, los habitantes desarrollaron formas de organización comunitaria que permitieron sostener la vida cotidiana. Los amplios espacios destinados originalmente a pabellones hospitalarios fueron divididos para crear viviendas improvisadas. También aparecieron pequeños comercios, talleres y espacios de encuentro social.
Con el tiempo, el Albergue Warnes se convirtió en una pequeña ciudad dentro de la ciudad. Llegó a albergar a más de dos mil personas, reflejando el grave déficit habitacional que afectaba a Buenos Aires. Para muchos de sus residentes, el lugar representó una oportunidad de construir comunidad y encontrar estabilidad en medio de la exclusión social.
Paralelamente, se desarrolló una larga disputa judicial por la propiedad del terreno. Finalmente, la Justicia ordenó la restitución del predio a sus antiguos dueños, lo que obligó al Estado a buscar una solución para las familias residentes. En diciembre de 1990 comenzó el traslado de los habitantes hacia el Barrio Ramón Carrillo, construido para su relocalización.
El capítulo final llegó el 16 de marzo de 1991. Ante miles de espectadores y una enorme cobertura mediática, los edificios fueron demolidos mediante implosión controlada. La imagen de las torres cayendo quedó grabada en la memoria colectiva de los argentinos como el cierre de una etapa marcada por contradicciones sociales y políticas.
Hoy, donde alguna vez se levantó el Albergue Warnes, existen espacios comerciales, áreas verdes y nuevas infraestructuras urbanas. Sin embargo, su historia continúa siendo recordada como un ejemplo de cómo un proyecto estatal inconcluso terminó convirtiéndose en refugio para miles de familias. El Albergue Warnes sigue representando, para muchos, una de las expresiones más visibles de las deudas sociales y urbanas de la Argentina contemporánea.
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