Moris y los orígenes del rock en español desde el centro de la ciudad

 

Para rastrear con precisión histórica y rigor documental el nacimiento del rock cantado en idioma español, es absolutamente indispensable fijar la mirada crítica en el denso y fascinante entramado urbano del centro porteño a mediados de la década de 1960. Ese territorio, dominado por galerías subterráneas, pasajes oscuros, bares de trasnoche y pensiones bohemias de presupuesto ajustado, se convirtió en el laboratorio cultural donde un reducido grupo de jóvenes rebeldes decidió romper de manera drástica con todos los moldes preconcebidos de la música popular de la época. En el centro geopolítico y emocional de esa marejada creativa se encontraba Mauricio "Moris" Birabent, un pionero visionario que comprendió antes que ningún otro artista de su tiempo que el idioma castellano, con su métrica compleja, su dramatismo natural y su cadencia rioplatense, era perfectamente capaz de contener la urgencia, la protesta, la alienación y la poética del rock & roll internacional.

El escenario fundamental donde se desarrolló esta gesta fundacional no fue otro que el polígono comprendido por el microcentro, la zona de Tribunales y la avenida Corrientes, teniendo como epicentros de convergencia indispensables al mítico Bar La Cueva en la avenida Pueyrredón y a las mesas trasnochadas de la pizzería La Perla del Once. Sin embargo, la contribución singular e irremplazable de Moris a esta corriente incipiente estuvo marcada por una profunda sensibilidad sociológica y urbana que logró capturar como ninguna otra la acelerada metamorfosis de Buenos Aires durante aquellos convulsos años de agitación cultural y política. Mientras la sociedad tradicional porteña caminaba con paso apresurado hacia las oficinas corporativas, las bancas financieras y los despachos públicos del centro, Moris observaba detenidamente la fauna urbana: a los transeúntes anónimos, a los obreros exhaustos, a los vagabundos solitarios, a los estudiantes universitarios y a los soñadores incomprendidos, transformando todas esas estampas de la cotidianeidad en crónicas poéticas de un valor documental e histórico inestimable.

El hito insustituible y fundante de esta etapa pionera se concretó con el lanzamiento de su aclamado álbum debut en calidad de solista, titulado Treinta minutos de vida y publicado en el año 1970. Este trabajo discográfico constituye, en su esencia más pura, un retrato al óleo magistral de la ciudad de Buenos Aires en el desenlace de la década del sesenta. En piezas fundamentales e inmortales como "El oso", la conmovedora metáfora de la libertad perdida resuena con la potencia eterna de un himno generacional que trascendió las épocas; pero es en tracks deslumbrantes como "De nada sirve" o "Pato trabaja en una capital" donde la geografía, la arquitectura y la sociología porteña emergen con una nitidez lírica sencillamente arrolladora. Moris canta sobre la rutina alienante de las oficinas del centro, el aburrimiento existencial de la vida de oficina, la falsedad de las convenciones sociales de la burguesía media y la necesidad imperiosa y desesperada de buscar una existencia auténtica y libre en medio de la jungla de cemento, los colectivos ruidosos y el smog denso de la gran metrópoli.

La guitarra acústica de Moris, ejecutada con un rasgueo enérgico y rítmico, acompañada por su voz rasgada, franca y urgente, resonó con fuerza en las salas teatrales más emblemáticas de la avenida Corrientes y el centro de la ciudad, tales como el Teatro San Martín o el Teatro Astral. En esos recintos, las primeras camadas de jóvenes roqueros argentinos se congregaban de forma casi clandestina para celebrar la construcción de una identidad cultural enteramente nueva. Moris no solo dotó al rock hecho en la Argentina de su primera gran narrativa netamente urbana y existencial, sino que además trazó un puente poético e indisoluble entre la gran tradición del tango de protesta, la canción de autor rioplatense y la urgencia rítmica del rock anglosajón, demostrando de manera categórica que las angustias, vacíos y esperanzas de un joven en las veredas de Buenos Aires eran tan válidas, poéticas y universales como las de cualquier músico en las calles de Londres o Nueva York.

Años más tarde, las duras condiciones del exilio obligado llevarían a Moris a radicarse en España, donde desempeñaría un papel histórico igualmente fundacional en el desarrollo incipiente del rock en español en la Península Ibérica, impulsado por éxitos masivos como "Sábado a la noche". No obstante, el ADN creativo de su obra jamás se despegó de las veredas ni de la mitología porteña. Cada acorde rasgueado, cada inflexión de su voz y cada verso de su inolvidable catálogo de canciones mantienen viva la impronta de aquel centro urbano de finales de los sesenta, donde la audacia solitaria de un poeta armado con una guitarra acústica cambió para siempre el rumbo de la música popular de todo el continente americano.