Los pasajes ocultos porteños – Pasaje Rivarola, San Lorenzo, Giuffra y Camargo
En el interior de la trama urbana de Buenos Aires, caracterizada por su cuadrícula ortogonal y sus manzanas regulares, existe un universo paralelo formado por los pasajes. Estas pequeñas calles de escala reducida, muchas veces peatonales o de tránsito muy restringido, funcionan como oasis de tranquilidad y cápsulas del tiempo que escapan al bullicio de las grandes avenidas. Entre la amplia variedad de pasajes que salpican la ciudad, destacan cuatro por su valor histórico, su particularidad arquitectónica y la atmósfera singular que respiran: el Pasaje Rivarola en Balvanera, el Pasaje San Lorenzo y el Pasaje Giuffra en San Telmo, y el Pasaje Camargo en Villa Crespo.
El Pasaje Rivarola, ubicado en el barrio de Balvanera entre las calles Bartolomé Mitre y Perón, a la altura de Uruguay y Talcahuano, es una rareza absoluta en la geografía urbana porteña. Diseñado por el estudio de arquitectos Cruz y Moliné en la década de 1920, este pasaje presenta una simetría perfecta única en la ciudad. Las fachadas de ambos lados de la calle son un espejo exacto la una de la otra, construidas bajo un estilo neoclasicista afrancesado con detalles decorativos de sobria elegancia. Al ingresar a sus apenas cien metros de extensión, el visitante experimenta una sensación de orden visual y desconexión con el entorno exterior. El pasaje conserva las luminarias originales y las balconadas de hierro forjado, convirtiéndose en una escenografía habitual para filmaciones cinematográficas y producciones fotográficas que buscan evocar la Buenos Aires de principios del siglo XX.
Desplazándonos hacia el sur, en el histórico barrio de San Telmo, el Pasaje San Lorenzo ofrece una experiencia completamente diferente, impregnada del sabor colonial y la decadencia romántica del siglo XIX. Este pasaje, que se extiende entre las calles Defensa y Perú, albergó históricamente talleres artesanales, viviendas populares y depósitos. Su rasgo más famoso es la llamada "Casa Mínima", una estructura de apenas dos metros y veinte centímetros de ancho que ostenta el título de la casa más estrecha de la ciudad. La fachada de la Casa Mínima, con su pequeña puerta verde y un diminuto balcón de hierro en el piso superior, evoca las viviendas concedidas a los esclavos libertos tras la abolición de la esclavitud. El pasaje conserva su empedrado original de adoquines graníticos y fachadas desconchadas que muestran las capas del tiempo, creando un ambiente de profundo misterio y melancolía.
Muy cerca de allí, también en San Telmo, el Pasaje Giuffraconecta la avenida Paseo Colón con la calle Balcarce. Con una longitud de apenas una cuadra, este rincón es uno de los pasajes más antiguos y mejor conservados de la zona sur. Flanqueado por casas bajas de estilo colonial y neoclásico italiano con patios interiores y aljibes, el Pasaje Giuffra se caracteriza por su ritmo pausado y su luz tenue, filtrada por las copas de los árboles que asoman desde las fincas privadas. En sus orígenes, este pasaje marcaba el límite del zanjón de Granados, una vía de drenaje natural del agua hacia el río. Hoy en día, alberga pequeños talleres de restauración de arte, estudios de diseñadores y viviendas residenciales que preservan el espíritu comunitario del barrio.
Por último, en el barrio de Villa Crespo, el Pasaje Camargo representa una tipología completamente distinta: la de las urbanizaciones obreras e industriales de principios del siglo XX. Situado cerca de la avenida Juan B. Justo, este pasaje conserva la traza de un barrio residencial tranquilo, donde las fachadas continuas de estilo art nouveau simplificado y neoclásico popular muestran molduras ornamentales con motivos florales y geométricos. Las viviendas del Pasaje Camargo fueron diseñadas para albergar a familias trabajadoras en una época de rápida expansión de la ciudad. El contraste entre la serenidad del pasaje y la intensa actividad comercial de la zona circundante convierte a este espacio en un testimonio vivo de la planificación urbana orientada al bienestar de los sectores populares.
Analizar visualmente estos cuatro pasajes permite comprender las múltiples dimensiones de la identidad porteña. Desde la simetría aristocrática y ordenada del Pasaje Rivarola hasta la estrechez histórica del Pasaje San Lorenzo, pasando por el encanto pintoresquista del Pasaje Giuffra y la escala humana del Pasaje Camargo, cada uno de estos rincones ofrece un refugio contra la prisa urbana. Gráficamente, son composiciones perfectas donde las fugas de perspectiva, las texturas de los adoquines, las sombras arrojadas por los faroles y los detalles de herrería y mampostería invitan a detener el paso y redescubrir la historia oculta bajo las baldosas de la ciudad
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