Los palacios de la aristocracia – Palacio Paz, Anchorena, Errázuriz y Duhau

A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la República Argentina atravesó un período de excepcional bonanza económica basada en el modelo agroexportador. La clase alta porteña, enriquecida por la explotación de las tierras pampeanas y deslumbrante por sus frecuentes viajes a Europa, decidió materializar su estatus social a través de la construcción de residencias urbanas de una escala y un lujo sin precedentes. Estos "palacios" patricios, diseñados en su mayoría por célebres arquitectos franceses e italianos y construidos con materiales importados íntegramente de Europa, transformaron el tejido urbano de sectores como la Plaza San Martín y la avenida Alvear. Entre este conjunto deslumbrante, cuatro residencias destacan por su magnitud y valor patrimonial: el Palacio Paz, el Palacio Anchorena, el Palacio Errázuriz y el Palacio Duhau.

El Palacio Paz, ubicado frente a la Plaza San Martín, es la residencia privada más grande jamás construida en la ciudad de Buenos Aires. Proyectado por el arquitecto francés Louis-Marie Cordonnier a pedido de José C. Paz, fundador del diario La Prensa, este coloso de más de doce mil metros cuadrados es un canto al academicismo francés. Su fachada principal, inspirada en el ala del Louvre construida durante el reinado de Carlos IX, presenta una combinación de piedra simulada, mansardas de pizarra, cornisamentos elaborados y un tratamiento de vanos de rigurosa simetría. El interior del palacio es un despliegue de opulencia: el Gran Hall de Honor, con su cúpula de vitrales de Saint-Gobain y sus columnas de mármol de Carrara, da acceso a salones temáticos que van desde el neorococó hasta el estilo Imperio, demostrando el afán de la aristocracia por acumular estilos históricos.

A escasa distancia, también bordeando la Plaza San Martín, se eleva el Palacio Anchorena, actual sede de la Cancillería Argentina. Diseñado por el arquitecto Alejandro Christophersen para la familia Anchorena, este conjunto es en realidad una residencia triple articulada alrededor de un gran patio de honor de acceso vehicular (la "cour d'honneur"). La fachada, de claro corte neoclásico con influencias del barroco francés, impacta por su gran portón de hierro forjado, sus columnas monumentales y la balaustrada superior decorada con jarrones escultóricos. El edificio logra armonizar las necesidades de tres familias independientes dentro de un volumen arquitectónico uniforme que proyecta una imagen de poder y cohesión familiar.

Avanzando hacia la avenida Alvear, en el barrio de Palermo/Recoleta, encontramos el Palacio Errázuriz Alvear, que hoy alberga al Museo Nacional de Arte Decorativo. Diseñado por el célebre arquitecto francés René Sergent para el diplomático chileno Matías Errázuriz y su esposa Josefina de Alvear, este palacio representa el punto cumbre del neoclasicismo francés en la ciudad. Inspirado en el Gran Trianón de Versalles, la fachada destaca por la pureza de sus líneas, sus pilastras corintias y la sobriedad decorativa que rehúye los excesos del barroquismo. El interior conserva las colecciones de arte original de la familia y exhibe espacios majestuosos como el Gran Hall, diseñado en estilo Tudor con paneles de madera tallada, y el Comedor Principal, revestido en mármol con tapices flamencos del siglo XVI.

Finalmente, el Palacio Duhau, situado sobre la elegante avenida Alvear, representa una variante del neoclasicismo francés inspirada en el Château de Marais. Proyectado por el arquitecto León Dourge en la década de 1930 para la familia Duhau, el palacio se distingue por su fachada sobria de líneas puras y por su espectacular adaptación a la topografía del terreno. La residencia se sitúa en la parte alta de la barranca de Recoleta, descendiendo hacia la calle Posadas a través de una serie de terrazas ajardinadas y escalinatas monumentales de mármol. Hoy en día convertida en hotel de lujo, la propiedad demuestra cómo la arquitectura palaciega supo dialogar con el paisaje natural de las barrancas del río.

El análisis gráfico de estos cuatro palacios revela las ambiciones estéticas de una época en la que Buenos Aires aspiraba a ser la "París de Sudamérica". Cada fachada ofrece una lección de proporción, ritmo y maestría artesanal: las rejas de hierro trabajado a mano por herreros europeos, los revestimientos en piedra cuidadosamente ensamblados, las esculturas alegóricas que coronan los accesos y los cuidados jardines interiores. Estudiar visualmente el Palacio Paz, el Anchorena, el Errázuriz y el Duhau es adentrarse en la intimidad de la élite que moldeó la fisonomía de la ciudad, dejando un legado arquitectónico que hoy constituye uno de los patrimonios urbanos más valiosos de América Latina.