Marea que abraza, fuego que transforma: la marea plurinacional que tomó las calles de Córdoba

 

Hay jornadas que no caben en los datos fríos de un parte de prensa, porque se escriben con el calor de los abrazos acumulados, el olor a choripán en la calle, el batir de los bombos y el susurro colectivo de miles de voces que, al encontrarse, se transforman en rugido. Eso fue lo que se vivió en la provincia de Córdoba: una marea humana de mujeres, lesbianas, trans, travestis, bisexuales, intersex y no binaries que desafió la resignación, desbordó las avenidas y transformó la Docta en un territorio libre, diverso y combativo.

Llegaron de a miles. Llegaron desde los pueblos más alejados del norte profundo, de los barrios populares del Gran Buenos Aires, de las comunidades originarias del Abya Yala, de la Patagonia austral, de los Valles Calchaquíes y de los rincones más castigados por la desigualdad y el olvido. Llegaron en colectivos de línea golpeados por los kilómetros, en camionetas colectivas, en trenes y a dedo. Con los bolsos cargados de mantas, las botellas de agua para resistir el sol cordobés y los pañuelos verdes y violetas atados a la mochila como banderas de una causa innegociable.

El Encuentro volvió a demostrar por qué es un fenómeno único e inédito en todo el planeta: un espacio autogestivo, horizontal, autofinanciado y profundamente democrático donde no hay cabezas que dirijan ni voces que aplasten a las demás. En un tiempo histórico donde las políticas de ajuste golpean con feroz crudeza las mesas de las familias populares, donde la canasta básica parece un lujo insalvable y los discursos de odio intentan desmantelar años de conquistas, la respuesta de las barriadas y las organizaciones populares fue contundente: encontrarnos, mirarnos a los ojos y organizar la resistencia.

Las escuelas hechas hogar: la autogestión como trinchera

Para entender la potencia popular de este evento no alcanza con mirar las movilizaciones masivas; hay que entrar a las escuelas de la provincia. Allí, en las aulas vacías de bancos y llenas de bolsas de dormir, en las canchas de básquet acondicionadas con colchones al estirón y en los patios compartidos, se tejió la verdadera arquitectura del feminismo territorial.

La logística de este volumen no se paga con financiamiento corporativo ni con dádivas de mercado: se sostiene con la solidaridad de clase. Se sostiene con las empanadas vendidas meses antes para costear los pasajes de las pibas de las villas, con las rifas organizadas por los comedores comunitarios, con los aportes a la gorra de quienes entienden que el viaje de una es el derecho de todas y todes.

En los pasillos de los colegios cordobeses se compartieron termos de mate con yuyos locales, guisos colectivos cocinados en ollas populares gigantescas e historias cruzadas. Una doña de un barrio popular cordobés explicaba a una joven estudiante patagónica cómo organizar un ropero comunitario en tiempo de crisis; una activista trans le enseñaba a una madre de la economía popular cómo cuidarse del acoso policial en la vía pública. Esa pedagogía entre iguales, sin tarimas ni atriles, es la columna vertebral de un movimiento que no se aprende en las academias, sino en la lucha diaria contra el hambre y la opresión.

Talleres al piso: el debate soberano de las de abajo

Durante el fin de semana, Córdoba suspendió su cotidianeidad para transformarse en un aula gigante y sin fronteras. Cerca de un centenar de talleres funcionaron simultáneamente en facultades, colegios y plazas. Centenares de personas sentadas en rueda, sobre el pasto, sobre baldosas o en sillas de madera, tomando la palabra una a una con la libertad absoluta que da un espacio donde la voz de la campesina vale exactamente lo mismo que la de la investigadora universitaria.

Los debates cruzaron todos los dolores, pero también todas las victorias. Se discutió con vehemencia la emergencia alimentaria en los barrios, el impacto devastador de la desocupación en los hogares sostenidos por jefas de familia, la precariedad laboral en la economía popular y la necesidad urgente de fortalecer las redes de cuidado. Se habló con profunda rabia y dolor de los femicidios, transfemicidios y travesticidios que continúan cobrándose vidas en el país, pero también de las estrategias comunitarias para tejer redes de acompañamiento y protección donde el Estado falla o brilla por su ausencia.

Asimismo, las identidades disidentes cobraron un protagonismo histórico irrefutable. La plurinacionalidad y la diversidad ya no son meros adjetivos en un folleto: son realidades vivas que interpelan, enriquecen y transforman al propio movimiento. Las voces de las hermanas originarias trajeron la lucha por la defensa de los territorios, del agua, de la tierra agredida por el extractivismo, recordando que la violencia hacia los cuerpos está íntimamente ligada a la destrucción de la naturaleza. Las disidencias sexogenéricas alzaron sus reclamos por el cupo laboral trans, la salud integral y la erradicación de la violencia institucional.

En cada comisión, la constante fue clara: de la catarsis colectiva a la propuesta concreta. No se fue a Córdoba solo a diagnosticar la crisis, sino a tejer el programa político del pueblo organizado para enfrentarla.

La marea que desbordó las avenidas: un río de lucha e identidad

El momento cúspide de la jornada llegó con la histórica marcha de cierre. Un río interminable de cuerpos, banderas y consignas atravesó las avenidas cordobesas. Eran kilómetros y kilómetros de columna marcha tras marcha: las agrupaciones territoriales con sus chalecos de trabajo, las batucadas populares marcando el pulso con zurdos y repiques, los frentes de estudiantes, las trabajadoras de la salud y la educación, los colectivos de la diversidad con sus plumas y maquillajes deslumbrantes.

La calle, habitualmente reservada para el tránsito de la rutina individual, se convirtió en una fiesta de la resistencia colectiva. En los balcones de los edificios antiguos de la capital cordobesa se mezclaban vecinos que aplaudían emocionados con pañuelos verdes en alto, y algunos rostros perplejos ante la magnitud inabarcable de la movilización. Desde la cabecera hasta el último bloque, los cánticos no cesaron un solo segundo: coplas ancestrales, slogans de protesta social, ritmos de cumbia adaptados con letras de lucha y el clásico rugido que eriza la piel: "¡Qué momento, qué momento, a pesar de todo les hicimos el encuentro!"

La columna de las identidades trans y travestis marchó con una fuerza conmovedora, recordando a las caídas, exigiendo justicia por cada compañera arrebatada y celebrando la supervivencia con baile, alegría y provocación política. La noche cordobesa se encendió con la mística de las antorchas, las bengalas de colores y el estruendo de miles de gargantas unidas en un solo compromiso: no dar ni un solo paso atrás en los derechos conquistados y avanzar hacia los que faltan.

Un compromiso que vuelve a los barrios

Cuando el fuego de los escenarios se apagó, las escuelas comenzaron a despejarse y las mochilas volvieron a cargarse para el regreso, el balance fue incontestable. La edición en tierras cordobesas no fue una manifestación más: fue una demostración de músculo político, de ternura comunitaria y de reserva moral de nuestro pueblo.

Las miles de mujeres y disidencias no volvieron a sus casas de la misma manera en que se fueron. Regresan a las villas, a las fábricas, a los hospitales, a las aulas, a los comedores y a los campos con la certeza de no estar solas. Regresan con las libretas llenas de contactos, con la cabeza cargada de ideas y el corazón repleto de energía para seguir sosteniendo la olla, la huelga, el barrio y la vida.