A más de veinticinco kilómetros de la histórica ciudad de Humahuaca y sobre un camino de cornisa que asciende de manera ininterrumpida hasta alcanzar los cuatro mil setecientos metros de altitud, se oculta uno de los secretos geológicos más impactantes y deslumbrantes de toda América del Sur: la Serranía del Hornocal. A medida que el vehículo o los expedicionarios ganan altura pacientemente por el camino de ripio sinuoso, la vegetación arbustiva va desapareciendo gradualmente para ceder su espacio a un paisaje altoandino severo, limpio y despejado, donde el aire se vuelve sensiblemente tenue y cada respiración exige de inmediato un ritmo mucho más pausado y respetuoso.
Al alcanzar el mirador principal, situado estratégicamente justo al borde del abismo, la vista se topa de frente con una muralla colosal de plegamientos rocosos en forma de zig-zag que se extiende hacia el horizonte hasta donde alcanza la mirada humana. Se la conoce popularmente como el Cerro de los Catorce Colores, una denominación poética que intenta abarcar la extraordinaria variedad de tonos que componen la Formación Yacoraite, una rica estructura calcárea depositaria de sedimentos continentales y marinos que datan del periodo Cretácico Superior, hace más de sesenta y cinco millones de años. Las descomunales fuerzas tectónicas que elevaron la Cordillera de los Andes fracturaron, volcaron y plegaron estos estratos minerales, dejándolos al descubierto en una sucesión ilimitada de triángulos perfectos alineados de forma secuencial.
El impacto visual de la Serranía del Hornocal radica tanto en la simetría matemática de sus pliegues minerales como en el contraste deslumbrante e hipnótico de sus tonalidades. Rayas horizontales, oblicuas y diagonales de ocre cálido, blanco puro, verde pasto, amarillo fosforescente, púrpura, terracota encendido y gris plomo se intercalan en una geometría impecable que simula un mantel bordado a escala gigante sobre la faz de la tierra. El comportamiento de la luz solar a lo largo de las horas altera sustancialmente la percepción estética del lugar: mientras que durante las primeras horas de la mañana las montañas lucen tonos más suaves y pasteles, es a partir de las cuatro de la tarde cuando los rayos del sol poniente iluminan de lleno la ladera, encendiendo los minerales y haciendo que los colores cobren una brillantez y saturación deslumbrante que parece desafiar las leyes de la naturaleza.
La experiencia vivencial en la Serranía del Hornocal está signada por el silencio sobrecogedor y místico característico de la Puna. A esa altitud extrema, el viento helado silba con fuerza sobre la cresta del mirador mientras el visitante contempla con humilde asombro la inmensidad de los valles intermontanos que se despliegan abajo. Este sitio, que durante generaciones permaneció fuera de los circuitos turísticos convencionales y fue celosamente resguardado como territorio ancestral por las comunidades originarias locales, representa en la actualidad un punto culminante del turismo sustentable en la provincia de Jujuy, donde el respeto hacia las comunidades autóctonas y la preservación del entorno ambiental resultan pilares indispensables para proteger este verdadero monumento vivo de la geología mundial.
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