El legado paleontológico en la ciudad: Fósiles de megafauna (megaterios, gliptodontes) hallados durante la excavación de las líneas de Subte y cimientos de edificios

Bajo las capas de asfalto, las intrincadas redes de cloacas, los tubos de gas y las cimentaciones de hormigón armado de los rascacielos porteños, subyace un archivo geológico y paleontológico de valor incalculable. La Ciudad de Buenos Aires está asentada sobre la Formación Pampeana, una secuencia de sedimentos eólicos y fluviales depositados durante el Pleistoceno. Esta capa geológica alberga los restos fosilizados de una de las megafaunas más espectaculares que haya poblado el planeta: perezosos gigantes del tamaño de elefantes (Megatherium), mamíferos acorazados similares a tanques vivientes (Glyptodon y Panochthus), mastodontes (Notiomastodon), tigres dientes de sable (Smilodon) y camélidos extintos (Macrauchenia).

Cada gran obra de infraestructura subterránea realizada en la ciudad desde finales del siglo XIX ha funcionado involuntariamente como una trinchera de excavación paleontológica. La construcción de la Línea A de Subte a partir de 1911 —la primera red subterránea de América Latina— sacó a la luz numerosos fragmentos óseos y caparazones articulados de gliptodontes a lo largo de la avenida de Mayo y la avenida Rivadavia. Los obreros, armados con picos y palas, tropezaban con frecuencia contra masas duras que resultaban ser los osteodermos (placas óseas) que componían el caparazón defensivo de estos mamíferos extintos hace unos diez mil años.

Uno de los hallazgos más emblemáticos y documentados ocurrió durante las excavaciones para la construcción de la Línea B de Subte en la década de 1930, y más recientemente durante la extensión de la Línea H y la Línea B en el tramo de Villa Urquiza. En la estación Incas, por ejemplo, los equipos de trabajo descubrieron restos fósiles pertenecientes a un Glyptodon reticulatus, cuyos fragmentos fueron cuidadosamente extraídos, conservados y posteriormente exhibidos en vitrinas integradas al diseño arquitectónico de la propia estación, permitiendo que los miles de pasajeros diarios entren en contacto directo con la prehistoria del suelo que transitan. De igual modo, durante la preparación de los cimientos para edificios corporativos en Puerto Madero, Belgrano y el microcentro, han aflorado defensas de mastodontes y fémures de megaterios sumergidos en el limo espeso del antiguo lecho del río.

El estudio de estos hallazgos, coordinado históricamente por científicos del Museo Argentino de Ciencias Naturales "Bernardino Rivadavia" (ubicado en el Parque Centenario) y de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, ha permitido reconstruir el paleoambiente de la región. Durante el Pleistoceno tardío, el territorio que hoy ocupa la metrópoli porteña no era un paisaje urbano denso, sino una vasta estepa pampeana de climas fríos y secos, surcada por arroyos someros donde abrevaban estas moles herbívoras y sus depredadores. Las marcas encontradas en algunos de estos huesos fosilizados sugieren incluso la interacción temprana con los primeros pobladores humanos de la región, abriendo debates científicos sobre los procesos de extinción de la megafauna al final de la última glaciación.

El patrimonio paleontológico oculto bajo el suelo de Buenos Aires recuerda la escala del tiempo profundo sobre la cual se erige la efímera obra urbana del ser humano. La preservación de estos fósiles durante las obras públicas contemporáneas, regulada por leyes de protección del patrimonio arqueológico y paleontológico, garantiza que la ciudad no pierda el registro de sus antiguos habitantes gigantes, cuyos restos óseos descansan a solo unos metros debajo de los zapatos de los transeúntes.