El nacimiento del cómic y la historieta argentina: Del Eternauta de Oesterheld en las calles porteñas a Patoruzú y la Escuela Panamericana de Arte
La Ciudad de Buenos Aires ha sido históricamente una capital mundial de la narrativa gráfica y el cómic, cuna de autores, dibujantes y guionistas extraordinarios que transformaron la historieta de un entretenimiento masivo infantil en una forma de arte mayor de incalculable potencia expresiva y compromiso político. A lo largo del siglo XX, la prensa escrita porteña, las revistas especializadas y las editoriales locales crearon una industria cultural prolífica que dio vida a personajes e historias inmortales integrados para siempre en la memoria emotiva de los argentinos.
La obra cumbre de este arte es, sin lugar a dudas, El Eternauta (1957-1959), creada por el guionista Héctor Germán Oesterheld y el dibujante Francisco Solano López. Esta obra maestra de la ciencia ficción mundial introdujo una innovación revolucionaria: ambientar una invasión extraterrestre no en las metrópolis anglosajonas habituales del género, sino en las calles reales y reconocibles de Buenos Aires. La invasión de cascarudos y manitas, precedida por una mortífera nevada tóxica, transcurre en escenarios icónicos como la avenida General Paz, la cancha de River Plate, la plaza Italia, la estación de Subte de Congreso y las barrancas de Belgrano. La gesta de Juan Salvo y sus compañeros de resistencia convirtió a la geografía cotidiana porteña en el teatro de una lucha épica por la supervivencia y la solidaridad colectiva, adquiriendo trágicas resonancias premonitorias tras la desaparición forzada de Oesterheld durante la última dictadura militar.
Décadas antes del fenómeno del Eternauta, la historieta argentina había encontrado una popularidad arrolladora a través de creadores como Dante Quinterno, padre de Patoruzú (1928), un cacique tehuelche de fuerza sobrehumana y nobleza inquebrantable que enfrentaba las trampas de la modernidad porteña flanqueado por el ambicioso y porteñísimo Isidoro Cañones. El éxito masivo de Patoruzú dio origen a una revista propia y consolidó una estética visual caracterizada por la expresividad dinámica y la caricatura magistral de los tipos urbanos de la época.
El florecimiento del cómic porteño alcanzó su edad de oro gracias a la existencia de instituciones educativas de excelencia como la Escuela Panamericana de Arte, fundada a principios de la década de 1950. Allí se desempeñaron como docentes verdaderos gigantes de la ilustración mundial como Alberto Breccia, Hugo Pratt (creador del célebre Corto Maltés durante su fructífera etapa bonaerense), José Luis Salinas y Enrique Breccia. Esta concentración sin precedentes de talento pedagógico e individual elevó el nivel técnico del dibujo local, influyendo decisivamente en la historieta europea y norteamericana.
Desde las viñetas satíricas e inquisitivas de la Mafalda de Quino —cuya escultura rinde homenaje en una esquina del barrio de San Telmo— hasta los mundos fantásticos de Horacio Altuna, Carlos Trillo y Juan Giménez, la historieta argentina ha utilizado la trama urbana de Buenos Aires como un lienzo infinito. El arte secuencial porteño no solo ha narrado las grandezas y miserias de la condición humana, sino que ha inmortalizado a la ciudad como un territorio mítico donde la fantasía, la poesía y la crítica social conviven en un abrazo indestructible.
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