El Teatro Colón – Radiografía e infografía de la sala y los talleres subterráneos
El Teatro Colón de Buenos Aires no solo es considerado uno de los teatros de ópera más importantes del mundo por su acústica impecable y su valor arquitectónico, sino que constituye una verdadera ciudad de las artes oculta bajo la superficie del terreno. Inaugurado el 25 de mayo de 1908 tras casi dos décadas de construcción, el edificio diseñado sucesivamente por los arquitectos Francesco Tamburini, Vittorio Meano y Jules Dormal es un templo del eclecticismo neoclásico y renacentista. Sin embargo, lo que el público aprecia al ingresar a sus majestuosos salones es apenas la punta del iceberg de una gigantesca infraestructura escénica que se extiende varios niveles por debajo del suelo.
La radiografía visual del Teatro Colón debe comenzar por su icónica Sala Principal. Con capacidad para casi tres mil espectadores, esta sala con forma de herradura responde al modelo clásico del teatro a la italiana. La sala está estructurada en siete niveles: orquesta (platea), palcos bajos, palcos altos, tertulia, galería y cazuela. El diseño volumétrico y los materiales utilizados son el secreto de su acústica legendaria: la madera de roble e incienso de los pisos, los tapizados de terciopelo rojo, el yeso de las molduras parietales y el colchón de aire contenido bajo la platea funcionan como una inmensa caja de resonancia armónica. Coronando el techo de la sala se encuentra la majestuosa cúpula, decorada con las célebres pinturas murales del artista argentino Raúl Soldi, de cuyo centro cuelga una araña monumental de bronce de cinco metros de diámetro con más de setecientas lámparas.
El Foyer de Entrada y el Salón Dorado ofrecen un despliegue gráfico de monumentalidad imperial. El Foyer, con sus escalinatas de mármol de Carrara, amarillo de Siena y rojo de Portugal, está flanqueado por columnas majestuosas y vitrales de la casa francesa Gaudin que representan alegorías de la música y el lirismo. El Salón Dorado, inspirado en el Gran Trianón de Versalles, destaca por sus muros recubiertos en pan de oro, sus gigantescas arañas de cristal de Baccarat, sus espejos enfrentados que multiplican el espacio hasta el infinito y sus cortinados de brocado de seda, creando un ambiente de esplendor señorial indispensable para la vida social de la lírica.
Sin embargo, el secreto gráfico y técnico más impactante del Colón reside en sus talleres subterráneos, construidos en la década de 1930 y ampliados en posteriores reformas bajo la plaza Estado de Vaticano. A más de diez metros de profundidad se despliega una red interconectada de salas de ensayo, almacenes y talleres artesanales donde el teatro produce íntegramente sus propias escenografías, vestuarios, pelucas, calzados, utilería y efectos especiales. Este concepto de "teatro fábrica" es único en su tipo en el continente americano y garantiza que cada producción lírica o balpética sea confeccionada a medida por artesanos especializados.
En los subterráneos del Colón encontramos el Taller de Escenografía, un espacio de dimensiones colosales donde se pintan telones de más de veinte metros de ancho tendidos directamente sobre el suelo, mientras los pintores trabajan de pie utilizando pinceles montados sobre largos bastones. A su lado, el Taller de Vestuario alberga miles de trajes organizados por época, junto con áreas de teñido, bordado a mano y confección de calzado escénico. El Taller de Esculturas y Utilería utiliza telgopor, resinas, mampostería y carpintería para modelar desde estatuas gigantescas de estilo romano hasta armaduras medievales, fuentes de fruta falsa y carruajes funcionales.
Comprender la anatomía gráfica del Teatro Colón implica realizar un corte transversal que conecte la elegancia neoclásica del Salón Dorado con la actividad frenética de los talleres subterráneos. Es la fascinante convivencia entre la superficie aristocrática orientada al espectáculo y las entrañas industriales orientadas a la artesanía técnica. La maquinaria de montacargas hidráulicos, los puentes móviles del escenario principal (capaces de elevar o inclinar secciones enteras del suelo) y la red de pasillos subterráneos demuestran que el esplendor de la ópera porteña descansa sobre una hazaña de la ingeniería y el trabajo artesanal continuo.
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