Paseo de la Historieta – Mafalda, Patoruzú y los grandes cómics en las calles de San Telmo
La Ciudad de Buenos Aires posee una de las tradiciones de humor gráfico, historieta e ilustración más ricas, influyentes y creativas del mundo hispanohablante. Desde las páginas de revistas históricas como Caras y Caretas, Tía Vicenta, Rico Tipo, Patoruzú, Skorpio y Fierro, generaciones de dibujantes, guionistas e ilustradores moldearon una narrativa visual que combinaba el absurdo, la sátira política, la melancolía urbana y el retrato costumbrista de la sociedad argentina. Para rendir homenaje a esta extraordinaria herencia cultural y recuperar el espacio público mediante la interacción con el arte de la ilustración, la ciudad creó el Paseo de la Historieta, un recorrido peatonal al aire libre que serpentea por las calles de los barrios de Monserrat, San Telmo y Puerto Madero, materializando a los grandes personajes del cómic nacional en esculturas de tamaño natural e intervenciones murales.
El punto de partida incontestable y la parada gráfica más célebre de este circuito se ubica en la esquina de la calle Defensa y la calle Chile, en pleno corazón de San Telmo. Allí, sentado en un banco de plaza de madera a pocos metros del edificio donde vivió su creador, el genial dibujante Quino (Joaquín Salvador Lavado), se encuentra el conjunto escultórico de Mafalda junto a sus inolvidables amigos Manolito y Susanita. Creadas por el artista plástico Pablo Irrgang, las esculturas están realizadas en resina epoxi de alta resistencia con acabados en pintura poliuretánica de vivos colores. La pequeña figura de Mafalda, con su clásico vestido rojo, su moño negro en el cabello y su expresión entre perpleja y reflexiva, recibe diariamente a cientos de fanáticos que hacen fila para sentarse a su lado, abrazarla y tomarse una fotografía con la niña que cuestionó las contradicciones de la política mundial y el consumo desde su departamento porteño.
A medida que el visitante avanza por las calles del paseo, el mapa urbano va revelando la presencia de otros personajes entrañables del cómic argentino, convertidos en hitos tridimensionales integrados a las veredas y fachadas. En la calle Balcarce aparece la figura erguida e imponente de Patoruzú, el cacique tehuelche creado por Dante Quinterno, luciendo su poncho amarillo, su vincha roja con la pluma y sus pantalones arremangados. A pocos pasos de él, la escultura de su contraparte urbana y bon vivant, Isidoro Cañones, se apoya con elegancia desenfadada contra la pared, vistiendo su clásico saco cruzado y su corbata llamativa, encarnando la estampa del vividor nocturno de la Buenos Aires de mediados del siglo XX.
El recorrido continúa desplegando una abrumadora diversidad de estilos gráficos e historias que abarcan diferentes épocas del cómic nacional. La figura de Larguirucho y Super Hijitus, creaciones monumentales del pionero de la animación Manuel García Ferré, aportan una nota de color y nostalgia infantil en la intersección de Balcarce y México. Más adelante, los personajes de la historieta costumbrista y cómica encuentran su lugar: Clemente, el ser entrañable sin alas ni manos ideado por Caloi, se asoma sonriente vistiendo sus franjas negras y amarillas; las Chicas de Divito celebran la moda estilizada y sensual de los años cuarenta; Don Fulgencio, "el hombre que no tuvo infancia", exhibe su ingenuidad eterna; y el entrañable Mendoziro o Inodoro Pereyra junto a su perro Mendieta, creaciones del inolvidable Roberto Fontanarrosa, rescatan el humor ácido del campo argentino.
El Paseo de la Historieta no se limita a las esculturas tridimensionales; se enriquece mediante un ambicioso programa de murales dibujados sobre las medianeras y frentes de los edificios del recorrido. Destacados ilustradores contemporáneos han pintado homenajes a obras maestras del cómic dramático y de ciencia ficción nacional, como El Eternauta, la obra cumbre ideada por Héctor Germán Oesterheld y dibujada por Francisco Solano López. La imagen del hombre cubierto con su traje aislante casero caminando bajo la nevada mortal sobre las calles de Buenos Aires cobra una dimensión sobrecogedora al estar pintada en gigantescos muros urbanos. El paseo culmina en el Museo del Humor (MUHU) en la Costanera Sur, cerrando un itinerario donde las viñetas impresas en papel de diario cobraron vida para caminar para siempre junto a los peatones porteños.
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