EL IMPERIO DE LA PIZZA: UN CLÁSICO DE CHACARITA QUE ALIMENTA AL BARRIO DESDE 1947
En la emblemática esquina porteña de la avenida Corrientes y Federico Lacroze, donde diariamente convergen miles de personas entre el subte, la terminal del Ferrocarril Urquiza y decenas de líneas de colectivos, funciona uno de los grandes templos gastronómicos de Chacarita: El Imperio de la Pizza. Más que una pizzería, se trata de un punto de encuentro histórico para vecinos, trabajadores, viajeros y devotos de la pizza al molde.
La historia comenzó en 1947, cuando el inmigrante español José Caramés abrió el local en una esquina neurálgica. La ubicación fue determinante: frente al Cementerio de la Chacarita y a metros de la estación Federico Lacroze, el constante flujo de pasajeros garantizó un desfile ininterrumpido de clientes desde la madrugada hasta altas horas de la noche.
Con el paso de las décadas, El Imperio construyó un estilo propio caracterizado por su pizza al molde: alta, esponjosa, con abundante mozzarella y generosas porciones. Entre sus variedades, la fugazzeta rellena alcanzó un estatus mítico en la gastronomía porteña.
1. Una esquina que sintetiza la identidad de la ciudad
El Imperio supo transformarse en una extensión del barrio. En sus mesas y mostradores coinciden estudiantes, taxistas, familias, hinchas de fútbol y pasajeros en tránsito, otorgándole una identidad inconfundible. Uno de los vínculos más entrañables fue el que mantuvo con el humorista Carlitos Balá, vecino ilustre del barrio, cuya estatua en el salón principal dio la bienvenida durante años a los comensales.
A lo largo de casi ocho décadas, el local conservó el espíritu de las pizzerías tradicionales: las barras de mármol, los mozos de oficio y el ritual de comer la porción al paso siguen vigentes.
2. La función social de la pizzería tradicional porteña
Las pizzerías tradicionales en Buenos Aires cumplen una función que excede la gastronomía. Son espacios democráticos e interclasistas donde coinciden realidades heterogéneas. La pizza al molde, abundante y pensada para compartir, fomenta una sociabilidad particular donde la comida opera como excusa para el encuentro y la conversación.
3. La memoria gastronómica y el patrimonio afectivo
El Imperio preserva gestos y rituales de la antigua pizzería porteña. Comer de parado en el mostrador o entablar diálogo con los mozos de carrera permite experimentar una continuidad cultural que resiste a las transformaciones urbanas. La figura de Carlitos Balá inmortalizada en el local refuerza el lazo entre cultura popular, memoria afectiva e identidad barrial.
4. Chacarita: territorio, transporte y tradición
Chacarita ha cambiado notablemente en las últimas décadas, pero esquinas como Corrientes y Lacroze mantienen el pulso del barrio. La permanencia de El Imperio demuestra que la gastronomía tradicional puede adaptarse a las nuevas dinámicas urbanas sin perder su esencia. Hablar de patrimonio no es solo referirse a la arquitectura; implica valorar los espacios de pertenencia que construyen la historia sentimental de una comunidad.
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