El Boliche de Roberto: noches de tango espontáneo y guitarras en Plaza Almagro

 

En la pintoresca esquina de las calles Bulnes y Perón, justo frente al espacio verde de la Plaza Almagro, se encuentra El Boliche de Roberto —conocido históricamente como el Bar 12 de Octubre—. Fundado a comienzos del siglo XX como un modesto almacén de despacho de bebidas por el inmigrante español Roberto Pérez, este rincón minúsculo y entrañable se ha consolidado con el paso de las décadas como una de las reservas morales y artísticas más fascinantes del tango bohemio porteño. En un ambiente donde el tiempo parece haberse detenido intencionalmente, el local mantiene intacta su estética de pulpería urbana: paredes cubiertas de botellas cubiertas de polvo de marcas extintas, mesas de madera gastada por el uso ininterrumpido, estanterías históricas y una iluminación tenue y cálida que invita desde el primer segundo a la confidencia y al encuentro despojado de artificios.

La verdadera magia que distingue a El Boliche de Roberto dentro de la vasta geografía nocturna de Buenos Aires reside en la naturaleza espontánea, orgánica e íntima de su propuesta musical. A diferencia de los grandes salones de show orientados al turismo de exportación o de las milongas formales con estrictos protocolos de etiqueta, en este bar de Almagro el tango no se consuma como un espectáculo enlatado, sino como un rito cotidiano y visceral de expresión popular. Entrada la medianoche, sin la necesidad de escenarios elevados, sistemas de amplificación sonora sofisticados ni consolas de mezcla, se acomodan en un rincón del salón los guitarristas de la casa y los cantores que se acercan desde diferentes rincones de la ciudad. A metros de las mesas, el sonido desnudo de las cuerdas de nylon y la vibración natural de la voz humana llenan cada rincón del espacio, creando una atmósfera de una densidad emotiva electrizante.

Por las reducidas dimensiones de su salón han desfilado tanto leyendas consagradas de la música nacional que buscaban la autenticidad de la noche barrial como jóvenes promesas que encontraron en la calidez del público de Roberto el ámbito idóneo para foguearse y pulir su estilo. Figuras de la talla de Osvaldo Peredo —cantor emblemático de la casa cuya voz áspera y profunda se convirtió en un sello de identidad del lugar— le devolvieron al tango de guitarras su carácter callejero, íntimo y profundamente poético. En sus noches, el repertorio no se limita únicamente a los grandes clásicos consagrados del género; es habitual que entre tanda y tanda se cuelen composiciones contemporáneas, lunfardismos de última época, milongas camperas y valses criollos interpretados con una entrega pasional que suele culminar en ovaciones cerradas y brindis colectivos de la concurrencia.

Declarado Sitio de Interés Cultural, El Boliche de Roberto continúa funcionando como un faro inexpugnable de la bohemia porteña en el barrio de Almagro. Es el refugio donde la música popular no requiere de vestuarios de etiqueta ni de luces estridentes para conmover hasta las lágrimas. Visitar este rincón frente a la plaza implica participar de una tradición viva donde la amabilidad del mozo, el vaso de vermut o vino tinto y los acordes improvisados de una guitarra criolla recuerdan a vecinos y viajeros por igual que el alma profunda de Buenos Aires sigue latiendo con fuerza en la penumbra de sus bares de esquina.